Chile tiene una extraña habilidad para hacerse pequeño justo cuando el mundo le ofrece una ventana. Somos un país largo, angosto, a veces brillante, a veces ensimismado; un país que mira el Pacífico como si fuera horizonte, pero discute sus grandezas con la mezquindad de una sobremesa mal terminada.
De tanto acostumbrarnos a vivir entre cordillera y mar, pareciera que también encerramos nuestras ambiciones entre los cerros de la pelea doméstica. Y, sin embargo, cada cierto tiempo, una figura chilena cruza la frontera de lo puramente local y nos recuerda que este país, tan dado al reproche, tan severo consigo mismo, también puede producir nombres capaces de ser escuchados fuera de las fronteras.
La expresidenta Michelle Bachelet es uno de esos nombres. Se puede haber votado por ella o contra ella. Se puede discutir su legado, objetar decisiones de sus gobiernos, impugnar su mundo político, interrogar sus silencios o defender sus avances. Todo eso cabe en una democracia adulta. Lo que no cabe, o no debiera caber, es confundir la legítima diferencia política con la incapacidad de reconocer una trayectoria que excede a un partido, a una coalición y a lo electoral. Bachelet fue dos veces Presidenta de Chile, ministra de Salud, ministra de Defensa, directora de ONU Mujeres y Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos. No es poca cosa. Es una biografía de una chilena de peso pesado, que puede competir perfectamente envidiando a otros candidatos.
Por eso su candidatura a la Secretaría General de Naciones Unidas no puede ser tratada como si fuera una candidatura más de entre todas las que votamos cada 4 años. La ONU no es un club de 6 países amigos con los mismos intereses ni una tarima de vanidades superfluas; es un centro simbólico en historia y diplomático del mundo contemporáneo con 193 estados miembros. Su Secretaría General, con todos los límites reales que tiene el sistema multilateral, sigue siendo una tribuna donde se habla en nombre de algo más vasto que un gobierno; la paz, los derechos, la cooperación, las crisis humanitarias, las guerras, las migraciones, el clima, el hambre, la dignidad humana. El proceso para elegir al próximo Secretario General ya está en curso, con intervención del Consejo de Seguridad y posterior decisión de la Asamblea General.
Que una chilena pueda llegar ahí debería convocar incluso a quienes jamás pusieron su voto en una papeleta por Michelle Bachelet. Precisamente ahí se mide la seriedad de un país; en la capacidad de distinguir entre la adversaria política y llevar a lo más alto a Chile. Un país serio no boicotea a sus mejores nombres porque vienen del sector equivocado. Un país con sentido de Estado entiende que, cuando uno de los suyos puede llegar, dicho en el buen chileno, donde las papas queman, no se le pregunta primero por la última cuña, por la última campaña, por la última herida. Se pregunta si esa presencia engrandece a Chile. Y si la respuesta es sí, se empuja.
El Gobierno chileno decidió lo contrario. Retiró el apoyo a la postulación de Bachelet, originalmente presentada junto a Brasil y México, alegando inviabilidad, dispersión regional y diferencias con “actores relevantes del proceso”. Además, informó que Cancillería y las embajadas dejarían de participar en los esfuerzos de promoción de la candidatura. Puede envolverse esa decisión en tibias palabras diplomáticas, puede cubrirse con el barniz de prudentes vocerías, puede decirse que fue cálculo, realismo o “lectura del escenario”. Pero hay decisiones que, aunque se escriban derechas, se leen chuecas.
Porque aquí el problema no es solo Bachelet. Es Chile. Es la forma en que Chile se mira a sí mismo cuando alguien de su historia reciente alcanza una posibilidad excepcional. Si Brasil y México sostienen el respaldo a una chilena mientras Chile se resta, la imagen duele. Duele no porque Bachelet sea intocable. No lo es. Duele porque revela una pequeñez política difícil de justificar; otros países parecen ver en ella una figura útil para el mundo, mientras su propio país decide mirarla con el espejo trizado de la rencilla.
Hay una palabra dura para esto: antipatria. Conviene usarla con sumo cuidado, porque en Chile se ha manoseado demasiado. No hablo de esa antipatria vociferante, de consigna fácil, que se usa para quitarle peso al argumento del otro como muy banalmente lo hacen varios personeros en Chile. Hablo de una antipatria más sutil y más dañina; la de achicar al país, la de preferir que Chile no brille si quien brilla no pertenece a mi mismo grupo, la de transformar la política exterior en una cuenta de réditos políticos; la de creer que el Estado comienza cuando llega mi gobierno y termina donde empieza el adversario.
Antipatria es confundir la bandera con lo que egoístamente quiero. Es mirar una oportunidad como país y preguntarse primero cómo afecta al relato propio. Es dejar que la diplomacia, que debiera ser memoria larga, se comporte como cooptado. Es olvidar que los países construyen prestigio no solo por sus tratados, sus exportaciones o sus discursos vanagloriosos, sino también por las personas que logran instalar en lugares donde se decide, se conversa, se influye y se representa.
El patriotismo real no consiste en agitar banderas cuando conviene ni en cantar el himno con más volumen que el de al lado. El patriotismo real es más exigente y menos teatral; consiste en defender la presencia de Chile cuando el mundo abre una puerta. Consiste en saber que la historia de un país no se escribe solo con los nombres que nos gustan, sino también con aquellos que, pese a nuestras diferencias, alcanzan una dimensión que obliga a levantar la mirada.
Nadie pide canonizar a Bachelet. La política no es un santoral. Se puede discutir su gestión, sus reformas, sus omisiones, sus contradicciones. Se puede sostener, incluso, que su candidatura enfrenta obstáculos reales. Todo eso es legítimo. Pero otra cosa muy distinta es convertir esos obstáculos en excusa para soltar la cuerda desde casa. La diferencia entre lo diplomático y la mezquindad política está justamente ahí: el primero calcula para fortalecer la posición nacional de un país; la segunda calcula para no concederle nada al adversario, aunque en el camino se pierda algo del país. Esto es mezquindad con todas sus letras.
Chile no gana nada empequeñeciendo a Bachelet. Al contrario, se empequeñece a sí mismo. Porque cuando una expresidenta chilena, con redes, experiencia y reconocimiento internacional, puede sentarse a competir por uno de los cargos más visibles del planeta, lo razonable es entender que esa posibilidad pertenece a todos. Al que la admira y al que la critica. Al que celebró sus gobiernos y al que los padeció políticamente. Al estudiante, al empresario, al trabajador, al ciudadano común que quizás nunca ha sabido que hace realmente la ONU, pero entiende que el nombre de Chile dicho en Naciones Unidas no es una anécdota menor.
La política exterior seria exige continuidad, altura de miras y cierto pudor republicano. No todo puede cambiar con el color del gobierno de turno. Hay causas que debieran sobrevivir a La Moneda, porque pertenecen a Chile antes que a sus administradores pasajeros. Cuando un gobierno olvida eso, no solo toma una mala decisión; educa al país en la pequeñez. Le enseña que el prestigio ajeno es amenaza, que la proyección internacional es sospechosa si no viene del propio sector, que el mundo puede esperar mientras nosotros seguimos ajustando cuentas en el “patio trasero”.
Todavía hay tiempo para corregir, o al menos para comprender el error. Pero si Chile insiste en restarse, quedará una escena difícil de borrar, una chilena mirando hacia uno de los puestos más importantes del mundo, otros países empujando su nombre, y su propia patria mirando al suelo, ocupada en no concederle al adversario ni siquiera aquello que también podía engrandecerla.
A veces los países pierden oportunidades por falta de fuerza. Otras, por falta de visión. Esta vez el riesgo es peor, perderla por pequeñez. Y no hay país más triste que aquel que, pudiendo levantar a una de sus figuras hacia el mundo, prefiere bajarla para sentirse dueño de sus ruinas.
Por PIERO CHAVERA ROJAS
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