Día Internacional de Conciencia sobre el Ruido: Transformar nuestras escuelas en refugios de calma

Por Nicolás Vega Rojas Arquitecto, Master en Ciencias, Tecnologías y Salud

Los recientes hechos ocurridos en un establecimiento educacional de Calama nos remecieron como sociedad y región. La conmoción fue profunda y, como era esperable, la respuesta ha apuntado a medidas urgentes de seguridad: detectores de metales, revisión de mochilas, guardias armados, etc. Todo esto, pueden parecer pasos comprensibles frente al dolor. Pero cabe preguntarse: si solo sumamos candados, ¿estamos realmente abordando las causas de fondo? ¿O nos estamos enfocando en el síntoma y descuidando el silencioso colapso de la salud mental en las escuelas?

Un factor clave, sistemáticamente ignorado, es la contaminación acústica.

Un colegio típico de la región de Antofagasta es un hervidero de ruido: timbres estridentes, megáfonos, ventanas que dan a avenidas llenas de camiones, una locomoción colectiva ensordecedora y mal organizada, y el tren de carga que cruza nuestras ciudades sin consideración acústica alguna.

Estudios muestran que la exposición crónica a más de 55 decibeles eleva los niveles de cortisol y adrenalina. Es decir: estudiantes y profesores viven en un estado de alerta fisiológica permanente. Irritabilidad, falta de concentración, baja tolerancia a la frustración. El ruido no es una molestia menor: es un agresor silencioso del cerebro.

La Organización Mundial de la Salud reconoce la contaminación acústica como el segundo factor ambiental más dañino para la salud, después de la contaminación del aire. Y en el cerebro de un adolescente, cuya corteza prefrontal, encargada del control de los impulsos, aún está en plena maduración, el ruido actúa como un veneno lento.

Un estudiante que no puede escuchar su propio pensamiento, porque el ruido de fondo no lo permite, es un estudiante que se desconecta. Un profesor que tiene que alzar la voz todo el día para ser escuchado, es un profesional al borde del agotamiento emocional.

Este 29 de abril se conmemora el Día Internacional de la Concientización sobre la Contaminación Acústica. Es la fecha perfecta para actuar de manera distinta: no solo con candados, sino con calma activa.

Propongo tres pasos concretos, realistas y de bajo costo:

Primero: auditar el ruido en cada colegio usando aplicaciones simples de celular, para identificar las «zonas rojas» acústicas, enseñar que el ruido se puede medir.

Segundo: crear «aulas o espacios de silencio», lugares de regulación emocional con buena aislación sonora, donde estudiantes y docentes puedan bajar la guardia por unos minutos.

Tercero: rediseñar timbres y megáfonos, reemplazándolos por sonidos suaves o mensajes escritos.

En todo esto, también hay responsabilidades en el cómo hacemos ciudad y cómo la planificamos. Necesitamos que los accesos a las escuelas sean espacios de calma, no de estrés. Por eso es necesario reactivar las ciclovías dejadas de lado, crear paseos peatonales arbolados que conecten los barrios con los colegios, hay proyectos que incluso ya se encuentran diseñados, que incentivan el desplazamiento activo y silencioso en lugar del tráfico ruidoso. Además, instalar barreras acústicas y cortinas de árboles nativos alrededor de los recintos educativos, reubicar paraderos de micros alejados de las ventanas de las salas, y exigir estudios de impacto sonoro no solo cerca de los establecimientos educacionales, si no que en toda la ciudad.

La región de Antofagasta merece escuelas que cuiden la salud mental de quienes aprenden y enseñan. Porque un colegio que transforma su ruido en silencio está construyendo el mejor de los detectores: uno que previene el malestar antes de que explote, siendo este tipo de seguridad la que realmente protege y necesitamos.

Por Nicolás Vega

Nicolás Vega Rojas es Arquitecto, Master en Ciencias de la Tecnología y Salud, Mención en mecánica e ingenierías, especialidad ACAU (Ambientes y Confort para la Arquitectura y el Urbanismo).