Esta es la primera conmemoración del 8 de marzo en Antofagasta desde que Kathy Yoma Valdivia decidió quitarse la vida. Un 8 de marzo con una sensación amarga, que genera impotencia por el alto nivel de impunidad relacionado con su suicidio. Katherine había denunciado acoso por parte de una estudiante, su apoderado y su abuela, funcionaria del mismo colegio dónde ella trabajaba, y la respuesta de las instituciones fue castigarla rebajando de 33 a 10 horas su jornada laboral, lo que tenía una implicancia directa en su sueldo.
Luego de su muerte, además de generarse grandes manifestaciones, se comenzaron a difundir las fotografías de la estudiante en cuestión, generando un alto nivel de acoso contra ella, una niña de 13 años, a la que le llegaban mensajes instándola a matarse. Entonces, se dejó de lado a los reales culpables, el Estado y sus instituciones, parte fundamental del sistema capitalista y patriarcal en el que vivimos.
Como mujeres hemos podido avanzar en distintos derechos a través de la historia, todos ganados a punta de manifestaciones que van desde grandes marchas y paros, hasta acciones más radicalizadas. Por eso, nuestra fechas conmemorativas están manchadas por la sangre de quienes estuvieron en la primera línea contra el terrorismo de Estado. Hoy, a pesar de las reflexiones instaladas posterior a las movilizaciones feministas estudiantiles del año 2018 y la revuelta popular del 2019, nuevamente nos vemos en situaciones de violencia en las calles, desaparición forzada, feminicidios y crímenes de odio, desalojos de tomas en las que viven miles de mujeres y niñeces, de políticas públicas a nivel internacional que apuntan hacia un retroceso de nuestros derechos y una gran avanzada del fascismo.
En Chile, el denominado gobierno feminista, que a través de coordinadoras que solo se activan para fechas conmemorativas y generan la ilusión de que la institucionalidad funciona, ha implementado leyes represivas que van directamente contra nuestro pueblo. ¿Es acaso eso un acto feminista? La Ley Gatillo Fácil, la Ley Antiterrorista y, sobre todo, la Ley anti toma, afectan directamente a las mujeres y niñeces que dicen defender, y que sirvieron para que los mismos que conocimos el 2011 en asambleas, hoy tengan grandes sueldos y se encuentren en posiciones de poder, en las que nadie les pidió estar.
¿Queremos las feministas ponernos en el mismo lugar de privilegios que los hombres burgueses o queremos derrocar este sistema que llevó a una compañera a matarse por el agobio laboral y por los ecos de la violencia machista que vivió?
Este es otro 8 de marzo en que tenemos que recordar a mujeres asesinadas víctimas de la violencia machista, otro 8 de marzo en el que la desaparición forzada continúa presente, y nos tiene exigiendo saber dónde está Julia Chuñil, otro 8 de marzo en que sentimos que ese llamado avance no se siente en nuestros cuerpos. Seguimos con la misma rabia, con la misma sensación de injusticia que no se repara con una cuota de género en el parlamento, ni con leyes con nombres de víctimas que nos recuerdan los cementerios.
A pesar de todas las movilizaciones, de todas las acciones de protesta, las mujeres seguimos sintiendo la soledad de las instituciones, nos siguen juzgando en los tribunales al denunciar violencia machista, y cuestionando el rol de madres institucionalizando a niñeces para meterlos en un sistema que los mata, los reprime, y los continúa vulnerando, como lo es el ex Sename (hoy Mejor Niñez). Seguimos generando acciones de seguridad con amigas y compañeras, porque no queremos salir solas en las noches.
Este 8M en Antofagasta lo sentimos distinto, pero sabemos que la única salida es colectiva y desde abajo, que es urgente que problematicemos cómo hemos o no avanzado, que sigamos cuestionando la violencia de este sistema que precariza nuestras vidas y que busquemos construir alternativas que nos permitan vivir en dignidad, solidaridad y alegría.
*Camila Vargas Mardones es periodista e integrante de la Agrupación por la Memoria Histórica Providencia Antofagasta.

