Una sociedad que es violenta no puede escandalizarse de sus jóvenes

Siempre que una pelea entre estudiantes de liceos se viraliza, que un profesor es agredido o que ocurre un episodio grave dentro de un establecimiento educacional, reaparece la misma pregunta: ¿qué les está pasando a los jóvenes?

Se habla de una generación más violenta, que falta mano dura, que faltan límites, que se perdió la autoridad y que los jóvenes parecieran no saber resolver sus conflictos de otra manera. Y ciertamente existe un problema que no podemos minimizar. Durante 2025 se registraron 17.076 denuncias vinculadas a convivencia educativa ante la Superintendencia de Educación, equivalentes al 75% de todas las denuncias recibidas por el organismo.

Sin embargo, quizás estamos formulando mal la pregunta.

Antes de preguntarnos qué les pasa a nuestros jóvenes, deberíamos preguntarnos: ¿en qué sociedad están aprendiendo a relacionarse?

Porque resulta cómodo observar una pelea en el patio de un liceo, identificar a quienes participaron, sancionarlos y concluir que el problema está en ellos. Mucho más incómodo resulta reconocer que ningún niño o adolescente se desarrolla en el vacío.

Aprendemos a relacionarnos, relacionándonos.

Aprendemos qué hacer con la rabia observando qué hacen otros con ella. Aprendemos cómo resolver un conflicto a partir de las formas de resolución que hemos experimentado. Aprendemos sobre el poder, el respeto, el cuidado y también sobre la violencia en nuestras familias, barrios, escuelas e instituciones.

Y cuando miramos esos contextos, la discusión cambia.

En Chile, seis de cada diez niños, niñas y adolescentes experimentan violencia física o psicológica en su crianza. La Encuesta Nacional de Polivictimización muestra además que un 39% de los adolescentes entre 12 y 17 años sufrió maltrato por parte de padres o cuidadores durante el último año medido.

Fuera del hogar tampoco necesariamente encuentran un mundo protector. Datos reportados por UNICEF muestran exposición a violencia comunitaria, inseguridad, peleas, tráfico de drogas y balaceras en los entornos donde muchos niños y adolescentes crecen.

Entonces debemos hacernos una pregunta bastante más incómoda:

¿Podemos construir una sociedad atravesada por múltiples formas de violencia y después sorprendernos cuando algunos jóvenes aprenden a relacionarse violentamente?

No planteo esto para justificar una agresión. Comprender una conducta no significa aprobarla.

Un adolescente que golpea, amenaza o humilla a otro debe aprender que sus acciones tienen consecuencias y que existen límites indispensables para vivir junto a otros. Pero responsabilizar no significa descontextualizar.

Existe una diferencia enorme entre decir

“tú eres el problema”.

“lo que hiciste está mal y debes hacerte responsable”

y decir

Cuando convertimos al joven violento en la explicación completa de la violencia, corremos el riesgo de utilizarlo como chivo expiatorio de un fenómeno mucho más amplio. Depositamos en él aquello que como sociedad no queremos mirar: familias desbordadas y muchas veces sin apoyo, abandono, exclusión social, barrios violentados, experiencias tempranas de maltrato e instituciones educativas obligadas a enfrentar problemáticas que exceden ampliamente su función pedagógica.

Incluso la violencia psicológica durante la crianza, como: insultos, gritos y descalificaciones, puede afectar el desarrollo y las relaciones con otras personas, además de transmitir aprendizajes respecto de cómo se enfrentan los conflictos.

Por eso no basta con preguntarnos cómo detener la pelea.

Tenemos que preguntarnos qué ocurrió antes de que esos dos jóvenes llegaran a golpearse.

¿Qué aprendieron sobre el conflicto? ¿Qué experiencias de violencia han vivido? ¿Qué posibilidades han tenido de aprender a reconocer lo que sienten, ponerlo en palabras, tolerar una frustración, pedir ayuda o resolver una diferencia sin destruir al otro?

Y también debemos preguntarnos qué oportunidades reales les entregamos para construir algo diferente.

Porque existe otro peligro: pensar que haber crecido entre violencia condena inevitablemente a reproducirla.

No es así.

Necesitamos límites. Necesitamos responsabilidad. Y frente a hechos graves, necesitaremos también consecuencias.

Pero ninguna sanción reemplaza la prevención.

Si realmente queremos disminuir la violencia entre nuestros jóvenes, tendremos que hacer algo bastante más difícil que castigarlos cuando finalmente explotan: tendremos que construir contextos menos violentos antes de que eso ocurra.

Y la violencia también nace en un sistema que violenta, en un sistema que no entrega recursos necesarios, donde el precio de la vida es cada vez más alto, donde cada vez tenemos menos tiempo para estar con nuestros hijos, y donde el estrés, la incertidumbre económica, y la desigualdad, ya son el hábitat donde se generan y se configuran las relaciones.

Quizás entonces la próxima vez que veamos una pelea escolar, además de preguntarnos “¿qué les pasa a estos jóvenes?”, tengamos el valor de hacernos otra pregunta:

¿Qué les estamos enseñando los adultos sobre la manera de tratar al otro?

Porque una sociedad no puede producir violencia, permitir que niños y adolescentes crezcan expuestos a ella y luego escandalizarse cuando esa violencia reaparece en sus relaciones.

No se trata de justificar la violencia juvenil. Se trata de dejar de fingir que surge de la nada.