Por Raúl Roblero Barrios, dirigente del Colegio de Profesores y Profesoras Comunal Antofagasta.
En los comedores de la educación pública no hay cuchillos ni tenedores, simplemente hay cucharas; para el arroz, para la fruta, para la ensalada, para la carne, para los fideos, para las lentejas, para las croquetas, para el pollo, para el pescado, para la papa… para todo. Menos para la sopa, porque tampoco la hay.
Al no haber respaldo científico ni oficial ante esta medida nacida hace un buen tiempo atrás, uno sospecha que esto se debe a que los estudiantes son comprendidos por el solo hecho de serlos, por el estigma anclado ante los propios espacios de sus vivencias, como sujetos de riesgos, factores de riesgo en sí, para sí y para los otros. Estudiantes que estarían constituidos desde su ADN como sujetos ejecutores de fechorías, violentos, malos, con el alma podrida, quienes claramente utilizarían estos artefactos punzantes para dañar a otros; qué duda cabría en eso. Esta tesis estaría avalada por los delitos cometidos en las comunidades escolares durante el primer semestre. Pero otra cosa es que una medida excepcional, que quién sabe cuándo nació, a raíz de qué, se establezca como permanente, perpetua, reproduciéndose inmediata y acríticamente.
Si bien es cierto que la inexistencia de estos utensilios en los comedores de la educación pública no da inicio estos años recientes, el transcurrir del tiempo no ha permitido construir respaldo alguno que demuestre que el retiro del cuchillo y el tenedor es una medida y decisión pedagógica que ha tenido tal o cual efecto, positivo o negativo. Porque todo lo que se cultiva en el liceo, en la escuela, todo lo que se hace y se deshace, es netamente pedagógico y quien no comprende ello simplemente no debiera estar. Si en el sentido más etimológico pedagogía implica acompañar al niño en el camino, a auxiliar a transitar a un trayecto que le de mayor bienestar, a permitir que sus sueños se estén materializando, el retiro del cuchillo y tenedor ¿hasta dónde? ¿hasta cuándo?
Si la escuela ha elegido contener la violencia, mitigarla, eliminando síntomas pero no enfermedades, significa que ella misma ha renunciado a una de las cosas más valiosas que tiene la educación pública. Porque esto es así, sin medias tintas, categórico, imperativo: o la comunidad escolar elige reproducir la sociedad o la comunidad escolar elige resistir y transformar la sociedad, desde un sentido colectivo y desde un sentir particular, sin más, sin menos.
En la generalidad, todo indica que, desde todas los frentes, desde las políticas públicas, desde las comunidades escolares, reabierto el debate y dispuesta la escuela nuevamente a seleccionar, segregar y excluir, el país ha elegido el camino de la reproducción social, de la reproducción de los males que tanto nos tienen achacados y en shock.
Domingo Faustino Sarmiento, uno de los llamados padres de la educación pública chilena, sentó en la base la fórmula de “civilización vs barbarie”, donde la educación pública era concebida como el espacio predilecto para civilizar a los bárbaros que entraban por sus puertas. Más allá de las aprensiones que esa consigna genera, la escuela pública chilena hoy, contrariando su misión histórica, ha elegido el camino de contener y de paso reproducir la irracionalidad, la violencia y todos los males que hoy impiden el camino de la emancipación de la conciencia, de la emancipación social, de la emancipación económica -yendo más allá de las oportunidades de inserción laboral que logran transformar las condiciones económicas y sociales de algunos estudiantes, cuestión no menor sobre todo en nuestra región donde la minería se hace presente-, de darnos la vida que nos merecemos.
No es simplemente que vuelva la triada de la cuchara, el cuchillo y el tenedor a los comedores de nuestras escuelas, de nuestros liceos -lo que sería un despropósito al considerar los distintos y crecientes hechos de violencia ocurridos durante los últimos años escolares-, sino que el anhelo es que ello sea parte de una planificación educativa que efectivamente nos lleve a transitar hacia el tratamiento de la enfermedad, hacia un mañana en que la paz sea el pilar de la convivencia escolar. Un plan que permita dar conducción y dirección a una escuela pública que pareciera no saber donde ir, no supiera hacia dónde transitar. Donde pareciera que el foco es mantener, reproducir y agudizar el estado actual de las cosas.

