Por mucho tiempo no entendí la animadversión que recibía en redes sociales sobre ideas y propuestas durante el proceso constituyente. Como científicas/os vivimos de crear ideas, plantear hipótesis y discutirlas abiertamente, pero nunca con violencia. Estamos acostumbrados a que todo el tiempo se nos rechacen artículos o proyectos, pero eso no nos convierte en parias ni en blancos de odio.
Gracias al trabajo de mucha gente que ha estudiado y publicado sobre el tema, conocí la desinformación de género y me sentí totalmente identificada. Grupos organizados que esparcen odio a personas específicas para que finalmente salgan de la esfera pública, que sus ideas sean apagadas y sus voces invisibilizadas. Recurren a la burla y las amenazas, para hacer sufrir, para causar daño.
Ahora conocemos cada vez más sobre estos grupos, incluso quienes son y cómo se relacionan con el poder. Porque no aparecen de la nada, hay financiamiento, redes, apoyos y personas que construyen sus discursos y acciones. No puede ser Presidente de la República alguien que se dedica a esparcir odio y mentiras a diestra y siniestra.
Quienes apoyan estas prácticas son cómplices del debilitamiento de la democracia. Por eso, no hay que tener miedo. Porque no son más que personas que “trabajan” para dañar y jamás buscar el bien común.
Ayer un político llamó “bodrio” a la propuesta constitucional del 2022. Pienso si realmente entendió su espíritu y fortaleza como ejercicio democrático y de futuro. El trabajo que hubo detrás, las miles de personas que construyeron junto a nosotros. Pienso si de verdad entiende que no tenemos más camino que construir desde lo colectivo sin dañar a la naturaleza.
Simplemente no hay argumentos. Sólo odio. Por eso no hay que tener miedo. Porque el miedo paraliza y le abre espacios a la oscuridad. Que se haga la luz.

