Durante los últimos días, las intensas lluvias, el fuerte viento y las marejadas han golpeado a distintas regiones de Chile, dejando familias afectadas, viviendas dañadas y comunidades que hoy enfrentan momentos de enorme incertidumbre. En situaciones como esta, es natural que nuestra atención se centre en las personas y en la necesidad de reconstruir aquello que el temporal ha dañado. Sin embargo, mientras observamos los efectos de estos fenómenos, también existe otra realidad, mucho más silenciosa.
En islas, acantilados y costas expuestas, numerosas especies de animales enfrentan esos mismos eventos sin posibilidad de resguardo. Marejadas que alcanzan sectores de nidificación, lluvias que afectan huevos y polluelos, y cambios en las condiciones del océano forman parte de los desafíos que deben enfrentar para sobrevivir y reproducirse.
Fenómenos como las marejadas, las tormentas y las variaciones asociadas al fenómeno El Niño–Oscilación del Sur (ENSO) forman parte de la dinámica natural de nuestro planeta. Durante un evento de El Niño, el aumento de la temperatura superficial del océano favorece una mayor evaporación y disponibilidad de vapor de agua en la atmósfera. Junto con el debilitamiento del Anticiclón Subtropical del Pacífico Sur, estas condiciones pueden facilitar el ingreso de sistemas frontales hacia gran parte del país, y con ello, un aumento en las precipitaciones, como las observadas este invierno.
Estos efectos también alcanzan a la biodiversidad. Dependiendo de su intensidad y del momento del ciclo biológico en que ocurran, las marejadas pueden inundar madrigueras o destruir nidos, mientras que las lluvias intensas pueden comprometer la supervivencia de huevos y polluelos. A ello se suman cambios en la disponibilidad de alimento, obligando a muchas especies a recorrer mayores distancias o desplazarse hacia sectores donde las condiciones sean más favorables.
Hablar de estos procesos no busca restar importancia al sufrimiento de las personas afectadas por este sistema frontal. Por el contrario, nos recuerda que compartimos un mismo territorio y que un mismo fenómeno natural puede impactar de distintas maneras a quienes habitamos este país. Mientras muchas familias trabajan por recuperar sus hogares, en las costas numerosas especies también enfrentan la pérdida de sus sitios de reproducción y deberán volver a intentarlo.
La resiliencia no significa no sufrir; significa encontrar la fuerza para seguir adelante después de cada golpe. Esa capacidad la vemos hoy en las comunidades que comienzan a levantarse tras el temporal, pero también en la naturaleza, que una y otra vez encuentra la forma de recuperarse.
Finalmente, este episodio nos deja tres reflexiones. La primera, mantener la solidaridad con quienes hoy necesitan apoyo para reconstruir sus vidas. La segunda, el deber del Estado de anticiparse, proteger y responder oportunamente frente a este tipo de emergencias, manteniendo siempre la humanidad y la empatía con quienes las enfrentan. Y la tercera, comprender que proteger los ecosistemas que compartimos también es una forma de prepararnos para un futuro donde estos eventos seguirán formando parte de nuestra realidad.
Mucha fuerza y solidaridad para todos quienes hoy enfrentan las consecuencias de este temporal.

