Hay palabras diseñadas para golpear. Palabras que no describen, sino que castigan. En Chile, pocas hieren con tanta precisión como esta: comunista. No importa si lo eres. Basta con hablar de justicia social, de dignidad humana, de salarios que no humillen, de que un pobre no vale menos que un rico. Basta con decir que la vida podría ser más justa y la sociedad más decente, para que esa palabra caiga sobre ti como un ladrillo ardiendo.

Quienes la lanzan creen que con ella pueden clausurar la conversación, enterrar las preguntas incómodas y blindar privilegios que se heredaron como si fueran derechos divinos. A cualquiera que osó cuestionar ese orden lo llamaron comunista. A los líderes sindicales. A los profesores. A los campesinos. A las mujeres que exigieron ser tratadas como personas. A los trabajadores que pidieron humanidad. A todos ellos les colgaron la etiqueta para despojarlos de legitimidad antes de escucharlos.

Y sin embargo, ahí estuvieron. Los comunistas. Los porfiados. Los que insistieron, contra toda adversidad, en que Chile podía y debía ser un país menos despiadado. Los que se jugaron la vida para conquistar derechos que hoy parecen tan básicos que cuesta recordar que antes fueron considerados una amenaza. Los que no aceptaron que la desigualdad fuera destino ni que la dignidad fuera un lujo.

La historia les cobró ese atrevimiento con una brutalidad solo comparable al miedo de quienes se sintieron amenazados por la justicia.

Cuando los obreros del salitre marcharon a la Escuela Santa María de Iquique, los fusilaron sin misericordia. Cuando el norte despertó en la Plaza Colón, clamando humanidad, la respuesta fue una lluvia de balas. Cuando militantes comunistas defendieron a los desposeídos frente a los poderosos, no encontraron debate ni diálogo. Encontraron tortura. Persecución. Desaparición. Muerte.

El mensaje era claro: en Chile, soñar igualdad era un acto subversivo. Y por subversivo, imperdonable.

Un siglo después, la misma historia volvió a gritar. En 2019, Chile entero explotó harto de abusos, harto de colusiones obscenas, harto de un modelo que se alimenta de regiones que producen la riqueza del país, pero reciben a cambio contaminación, precios inflados y abandono. Antofagasta lo sabe mejor que nadie. Produce para todos. Se queda con los costos.

La respuesta del poder fue impecable en forma y vacía en fondo. Prometieron una nueva Constitución como si esa concesión simbólica fuera suficiente para calmar el clamor de millones. Hoy, años más tarde, nada esencial ha cambiado. Las mismas desigualdades persisten. El abuso quedó intacto. Y el país entendió una verdad amarga: quienes dominan la matriz económica nunca estuvieron dispuestos a ceder ni un ápice de su control.

Lo más grotesco es que durante décadas repitieron que los comunistas frenaban el desarrollo. Pero los datos cuentan otra historia. Según la OCDE, Chile es uno de los países más desiguales del mundo, y esa desigualdad no solo causa sufrimiento profundo, sino que además estanca el crecimiento económico. Existe consenso internacional: un país injusto es un país que se sabotea a sí mismo.

Entonces, ¿quién ha frenado realmente el progreso?

¿El que pedía justicia o el que temía perder un privilegio?

Aquí, justo en este punto donde la historia duele, es imposible no hablar desde mi propia sangre. Porque mi voz no nace de la ideología ni del resentimiento, sino de un cruce humano que explica a Chile mejor que cualquier tratado político.

Soy sobrino nieto de Elías Lafertte, senador, líder obrero y primer candidato presidencial del Partido Comunista de Chile.

Soy nieto de Teodoro Toledo, campesino comunista que conoció la desigualdad no como concepto, sino como herida diaria, y cuya lucha incluía algo tan básico como impedir que los dueños de fundos violaran a las hijas y esposas de sus trabajadores.

Y también soy nieto de Desiderio Flores, pinochetista y miembro de las Fuerzas Armadas, hombre de orden férreo, que incluso llegó a venderle a la familia Kast su local de Cecinas Babaria en Calama.

Ese cruce vive en mi familia como vive en Chile. La tensión. La contradicción. La fractura. Pero también la posibilidad de encuentro.

Mi mirada no nace de las circunstancias, sino del análisis de los hechos y de la convicción de que el futuro solo será posible si dejamos de confundir el privilegio con progreso. El verdadero encuentro entre todos los chilenos llegará cuando entendamos que el progreso debe ser colectivo, no un botín reservado para una minoría que levanta su miedo como si fuera una verdad inevitable.

Por eso esta columna no es un homenaje al Partido Comunista ni una reivindicación sentimental. Es una invitación. A pensar. A mirar de frente la historia. A reconocer que detrás del insulto a los comunistas lo que siempre se escondió fue el pánico de los poderosos a perder su comodidad, y también la dignidad de quienes se atrevieron a desafiarla.

Porque, aunque les hayan gritado, perseguido, torturado o matado, los comunistas siguen ahí. Llevando sobre los hombros una idea que provoca terror en quienes gobiernan desde el privilegio: un mejor país no es una amenaza, es una deuda.

Por Felipe Flores Toledo

Felipe Flores es Administrador Publico – U. Mayor, Consultor Político Goberna y Especialista en Comunicación Estratégica UC.