Vivimos tiempos donde pareciera imponerse una peligrosa ansiedad por aparecer. Una necesidad de instalarse en la opinión pública con respuestas rápidas, muchas veces simplistas, frente a problemas que son profundamente complejos.

Lo hemos visto con crudeza estos días. El asesinato de una inspectora en un liceo de Calama no solo nos conmueve, sino que nos enfrenta a una realidad que no admite soluciones fáciles ni consignas oportunistas. Fue un hecho brutal, planificado, que terminó con una vida y dejó a toda una comunidad marcada.

Sin embargo, rápidamente surgen voces que buscan capitalizar el impacto, proponiendo medidas inmediatas, muchas veces desconectadas de la raíz del problema. Y así, entre declaraciones, culpas cruzadas y exposición mediática, ocurre lo de siempre: nadie asume verdaderamente su responsabilidad.

Frente a esto, debemos ser claros. Nuestra sociedad no necesita más protagonismo vacío, necesita responsabilidad. Que cada uno haga lo suyo, y lo haga bien. Que el mundo político legisle con seriedad y visión de largo plazo. Que el sistema educativo recupere espacios de autoridad, acompañamiento y formación integral. Que los medios informen con rigor, sin caer en la espectacularización. Y que el mundo social contribuya desde la realidad, no desde la consigna.

Pero también se requiere algo más: un esfuerzo adicional. No basta con cumplir. En momentos como este, cada sector debe dar un paso más, asumir con mayor compromiso su rol y entender que estamos frente a un problema que supera a cualquier actor individual.

La tragedia de Calama no puede transformarse en un punto más de la agenda. Debe ser un punto de inflexión. Porque cuando la violencia entra a la escuela, no hay espacio para atajos. Sólo para responsabilidad, ahora bien a utilizar los recursos públicos, verdaderamente en cuestiones de fondo, de verdad trascendentes.