El pasado 26 de Septiembre, la arquitecta Magdalena Gutiérrez, conocida cariñosamente como La Cuca, falleció, dejando un legado arquitectónico y cultural para Chile y el Norte Grande. Su trabajo es destacado por académicos, gestores culturales e instituciones no solo por su rescate del patrimonio e identidad, sino también por su visión respecto al individuo y su relación con lo que lo rodea.

Esta madre de ocho hijos, es recordada por su sencillez, su acogida y su facilidad para generar vínculos humanos, especialmente con los jóvenes, y que traspasaron las formalidades profesionales y que en muchos casos terminaron convirtiéndose en entrañables amistades que marcaron a quienes la conocieron. Además, fue reconocida por el Estado de Chile como Tesoro Vivo.

Si bien nació en las alturas de Bolivia, específicamente en La Paz, la Cuca se trasladó a vivir a Concepción, luego de que su madre se envolviera en una relación con un militar chileno, quien se encontraba en servicio por la Guerra del Chaco, enfrentamiento bélico entre Paraguay y el país altiplánico por el control del Chaco Boreal, un territorio rico en petróleo. A consecuencia de la guerra la Cuca nunca conoció a su padre.

Esta mezcla chilena-boliviana permeó su vida, brindando una especie de dualidad identitaria que la acompañó férreamente durante más de ochenta años. La Cuca llegó a la ciudad de Antofagasta el año 1985. Arquitecta titulada de la Universidad de Chile, se desempeñó como académica en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica del Norte durante diez años. Entre los cerros y el mar, encontró un espacio para desarrollar y promover su concepción del habitar un espacio.

Una de las primeras cosas que hizo al llegar a la capital regional, fue visitar San Pedro de Atacama, pueblo que la cautivó inmediatamente, que la sedujo y del cual hizo y se hizo parte. Y es que su cosmovisión del humano encontraba un sitio especial, donde la tierra es un elemento fundamental de la vida, el desarrollo y la muerte de cada uno.

Durante su época como académica la UCN, visitó en varias ocasiones el poblado junto a estudiantes, aprendiendo de quienes aún conservaban las técnicas históricas del barro para erigir edificaciones, utilizando técnicas como el adobe o el tapial, las cuales emplean elementos que se encuentran en la misma zona como ripio, piedrecilla, arena gruesa y tierra arcillosa.

«Una cultura que nace de la tierra y se desarrolla en la Tierra, eso es lo que para mi define una cultura de tierra, porque no es solamente hacerla de tierra sino que genera todo un mundo hacia el interior en la vida cotidiana», contó alguna vez en una entrevista.

La Cuca era una mujer que buscaba la libertad, ansiaba encontrarse personal y espiritualmente. Es por esto que, cansada de las formalidades y estructuras de la universidad, decide alejarse y radicarse en San Pedro de Atacama, donde empieza a trabajar en la construcción de casas como también de hoteles, todas con las técnicas de la tierra. Su idea de habitar la llevó a rechazar cualquier encargo que no estuviera basado en los principios del adobe o el tapial.

«Culturas de Tierra es una cultura que vive de la tierra, que nace con la tierra, que construye con la tierra, que se muere con la tierra, algo mucho más pleno y más holístico que solo la construcción, porque las enfermedades la curan con tierra, la tierra está como impregnada en la vida y vincula todos los aspectos de sus vidas», reflexionaba.

La Cuca falleció por complicaciones asociadas a su edad. Su partida caló hondo en quienes la conocieron y en quienes reconocen su aporte a la conservación del patrimonio de San Pedro de Atacama. Una mujer de gran carisma, se despidió plena en el lugar donde siempre se quiso quedar.

Los restos de la Cuca fueron cremados tal como fue su voluntad y serán depositados en el volcán Licancabur donde descansará, devuelta a la tierra, hasta la eternidad.

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