Cada vez más personas recurren a rellenos faciales para modificar rasgos o combatir signos del envejecimiento. Sin embargo, especialistas advierten sobre la necesidad de una adecuada evaluación, controles posteriores y mayor información respecto a los efectos de su uso reiterado.
El ácido hialurónico se ha consolidado como uno de los procedimientos más populares dentro de la medicina estética facial. Su aplicación en labios, nariz, pómulos y otras zonas del rostro permite aportar volumen, redefinir contornos y suavizar líneas de expresión mediante técnicas no quirúrgicas.
Aunque su uso suele asociarse a resultados temporales y mínimamente invasivos, el aumento sostenido de estos tratamientos ha impulsado un debate sobre la necesidad de una adecuada información previa, controles posteriores y seguimiento médico, especialmente en casos donde las aplicaciones se repiten durante largos períodos.
La discusión también ha trascendido las consultas estéticas. En los últimos años, especialistas y organizaciones internacionales han planteado interrogantes sobre la permanencia del producto en los tejidos, la acumulación derivada de retoques frecuentes y los efectos que podría generar en la armonía facial.
En este contexto, el concepto de pillow face —utilizado para describir rostros con exceso de volumen producto de múltiples rellenos— se ha convertido en uno de los temas más debatidos dentro de la industria estética.
Una publicación del diario británico The Guardian, basada en antecedentes de la Asociación Británica de Cirujanos Plásticos Estéticos, abordó estas preocupaciones, señalando que las investigaciones continúan en desarrollo y que aún existe discusión científica respecto al comportamiento del ácido hialurónico a largo plazo.
¿Cuándo se considera un sobreuso?
En conversación con Diario Regionalista, Julio Correa, dermatólogo, explicó que el sobreuso no se define solo por la cantidad aplicada, sino por el efecto que genera en la anatomía facial.
“Hablamos de sobreuso cuando el volumen aplicado altera las proporciones naturales de la cara, genera rasgos poco armónicos o modifica la expresión habitual de la persona”, sostuvo.
Agregó que una señal de alerta aparece con retoques frecuentes sin necesidad clínica o cuando el paciente pierde la capacidad de percibir objetivamente los cambios.
A nivel internacional, la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética (ISAPS) informó que en 2023 se realizaron 19,1 millones de procedimientos estéticos no quirúrgicos. Dentro de ese registro, las aplicaciones de ácido hialurónico llegaron a 5,5 millones y aumentaron un 29% respecto al año anterior.
Sobre este punto, Correa aclaró que el material no siempre evoluciona de la misma forma en todos los pacientes. Aunque tradicionalmente se habla de una duración de entre seis y 18 meses, sostuvo que estudios con resonancia magnética y ecografía han mostrado que pequeñas cantidades pueden permanecer durante años.
“El problema no está solo en cuánto dura, sino en la acumulación por reaplicaciones prematuras, lo que puede generar exceso de volumen, cambios en los contornos faciales, edema persistente o migración hacia zonas cercanas”, explicó.
Entre personas consultadas a quienes se les realizaron tratamientos con ácido hialurónico, las experiencias muestran distintas formas de acercarse a estas intervenciones.
Un joven relató que TikTok e Instagram influyeron en su decisión de realizarse una rinomodelación y reconoció que no investigó en profundidad. En tanto, una joven afirmó que su decisión fue planificada y respondió a inseguridades relacionadas con su nariz y labios.
Aunque ambos quedaron conformes, la joven sostuvo que es importante mantener moderación porque estos procedimientos pueden hacer que “siempre quieras un poco más”.
Con esos antecedentes, el debate se centra en tres aspectos clave: información, supervisión y seguimiento médico.

