La Región de Antofagasta enfrenta hoy una paradoja dolorosa: ser el motor de la economía minera chilena y, al mismo tiempo, el epicentro de una crisis sanitaria marcada por el cáncer y el abandono.
Mientras el desarrollo global se impulsa desde nuestras entrañas, la población paga un «precio oculto» con tasas de mortalidad por cáncer que son las más altas del país, llegando a 135 defunciones por cada 100 mil habitantes. En este escenario, la propuesta de utilizar los recursos del Royalty Minero para formar médicos especialistas en nuestra propia región no es solo una idea sensata; es una obligación ética y una inversión estratégica trascendental.
La realidad de nuestra red asistencial es crítica. En los últimos cinco años, 384 especialistas han renunciado a la red asistencial, agravando un déficit que hoy afecta a 17 especialidades clave, incluyendo oncología, cardiología, traumatología y psiquiatría. Esta falta de profesionales se traduce en escenas desgarradoras: pacientes adultos mayores durmiendo fuera del Hospital Regional para conseguir una hora que, en muchos casos, ni siquiera se les asegura. No podemos seguir normalizando que la «capital del cobre» tenga la tercera tasa más baja de especialistas en el país.
La propuesta de fortalecer facultades locales, como la de la Universidad de Antofagasta (UA), apunta al corazón del problema: el arraigo. Actualmente, se estima que el 60% de los médicos formados en la UA deciden quedarse en la región. Esto contrasta con la tendencia nacional donde la mayoría de los especialistas se concentran en Santiago, dejando a las zonas extremas en un desamparo crónico. Formar a nuestros propios especialistas en la UA y en otras Universidades, que ya cuenta con programas acreditados y una historia ligada al desarrollo del Norte Grande, garantiza que el talento se quede donde más se necesita.
Financiar este fortalecimiento académico con el Royalty Minero es, posiblemente, el uso más trascendental que se le puede dar a esos fondos. La industria minera tiene una «responsabilidad histórica» y una deuda con la salud de los antofagastinos debido a los pasivos ambientales y la exposición crónica a metales pesados. En lugar de diluir estos recursos en gastos menores o poco significativos, invertirlos en «capital humano especializado» permitiría robustecer la red asistencial y reducir las listas de espera de forma estructural.
Iniciativas recientes, como el programa de becas impulsado entre la UA y SQM, ya muestran que las alianzas público-privadas pueden potenciar la formación en medicina interna y familiar. Sin embargo, para cerrar la brecha en las 17 especialidades críticas, se requiere un esfuerzo mayor y permanente que solo el Estado, a través de los recursos del Royalty, puede sostener.
Es hora de que la riqueza que sale de nuestras entrañas retorne convertida en salud y bienestar. Invertir en la formación regional de especialistas no es un gasto; es una inversión en nuestra gente. Menos burocracia y más médicos para Antofagasta: ese debe ser el destino soberano de nuestro Royalty.
La decisión no está en Santiago, está en el Gobierno Regional y en las Municipalidades de nuestra región de Antofagasta. El Royalty no solo nos ha dado recursos, nos ha dado el poder de decidir dónde invertir, y en eso no podemos fallar, ya no hay excusas.

