Por Clive Echagüe Alfaro*

En el 2007 Angela Davis dictó una conferencia en la Universidad de Washington (Seattle) titulada «Racismo Ayer y Hoy», donde criticó enérgicamente un consenso global en las ciencias sociales y la cultura estadounidense. Afirmó: «Tendemos a pensar que el racismo era manifiesto (…) y ahora tendemos a pensar que está oculto. Me pregunto por qué. Quizás sea porque de nuevo hemos aprendido a no reparar en él, porque nos han convencido que la única manera de eliminarlo es simular que no existe, de que la única manera de eliminar el racismo es simular que la raza no existe»(p.305).

Esta idea acerca de cómo referirse tanto al color como a la pertenencia étnica de un grupo humano, aún está muy presente en cada uno de nosotras/os. Porque para muchas/os la raza es algo invisible. Una cosa es vincularse en lo cotidiano más allá de fronteras de cualquier tipo, pero otra muy distinta es reconocer el sistema de privilegios y condiciones de existencia que rondan en torno a nuestro aspecto y nuestra piel. Otra cosa diferente es también reconocer que la raza (y la serie de prácticas que subyacen a eso) es uno de los sistemas de jerarquía y gobierno de mayor tradición y consecuencias para la humanidad, como lo fue la práctica legalizada y normalizada de la esclavitud. Aquello funciona hasta la actualidad con el aprovechamiento de la «regularidad» de una persona inmigrante y en estrecha relación con los puestos de trabajo más precarios. No podemos incluso pensar en el trabajo como una condición que supere la forma de vida de la esclavitud. Creo que en este punto, cuando no hablamos de raza, simplemente no podemos hablar de continuidades o desarrollos del racismo y por tanto incluso de la historia de la humanidad. Lo peor, nos olvidamos de la esclavitud.

La práctica de inferiorización hacia otra persona por su pigmentación y origen étnico es lo que define al racismo y se relaciona con la clase social, el género, las sexualidades, la «discapacidad», entre otras. En ese sentido, las personas negras y racializadas como también indias/os son sujetos de estas prácticas. Davis señala en este sentido que «el racismo tiene un papel fundamental a la hora de determinar quién es sometido al castigo del Estado y a quién no». ¿No es acaso lo que vivimos en este país cuando se castiga a alguien de la pobla versus a un Larraín? ¿No es acaso lo que vemos cuando vamos a una cárcel? ¿No es acaso lo que vemos cuando carabineros hace control de identidad en las calles? ¿Y las capturas y redadas a inmigrantes de la PDI? ¿Y el mismo Plan Huracán, el asesinato a Catrillanca y la constante persecución al pueblo mapuche? ¿No es acaso la represión ejercida al pueblo atacameño por defender el agua? ¿No es acaso lo que viven las hortaliceras en Temuco y todos lxs vendedores ambulantes? ¿No son acaso la población objetivo de diversos dispositivos del Estado como la red Sename o de materias de seguridad? ¿No es acaso el motivo de muerte de Joane Florvil? ¿No es acaso la violencia del desalojo de un campamento? ¿No es acaso ese miedo a decir indio o negro, porque esa palabra suena muy fea?, ¿pero a quiénes les suena fea esa palabra? A quienes lo entienden como un insulto, a quienes no quieren, no pueden o hemos sido enseñados a no ver la raza.

El racismo es algo potente en y entre nosotros. Quizás por eso es que también solo señalamos a Joane Florvil para sentenciar que la policía chilena también es racista, pero no podemos ver en el cotidiano el racismo en las prácticas estatales y de encuentro cotidiano con la policía, en las calles. Entonces también recriminar por la expectación ante la muerte de Floyd porque no reconocemos el racismo acá, no es la mejor clave de crítica, sino cómo es que aprendimos a tener pena en esos casos en vez de tener rabia y al mismo tiempo, ser ciegos frente a todo el resto de lo que pasa.

No es la clave comparar la importancia que se le da a un negro de Estados Unidos y a una negra haitiana en Chile, no es la clave porque ninguno de nosotros, hablo de los chilenos de ascendencia blanca, ni le ha tocado vivir como haitiano en Chile, ni lograría hacerlo como un afroamericano en Estados Unidos. Si no podemos dimensionarlo, ni siquiera tenemos moral de comparar y recriminar la emotividad de las masas frente a estos hechos del horror. Tanto el shock y pasividad frente a lo que ocurrió a Joane y lo que sucedió frente a George son válidas y discutibles. Pero algo quizás un poco más peligroso y peor que eso es lo que terminamos diciendo: el racismo es solo cuando se trata de negros, y que en este caso la policía racista sea solo en el caso de que lo haga a un negro, aquello es solo lo más concreto, cuando debemos decir que la violencia policial es el reducto de todas las formas de racismo posibles, la policía es un artefacto racista. Es la violencia que nos niega el derecho a pertenecer y a reconocernos, es la imposición violenta de un tipo de cultura frente a otra, muchas formas de agresión, persecución y encierro se fundan en esas prácticas correctivas. La tortura, el encarcelamiento, el asesinato, la corrección y violencia sexual a mujeres y trabajadoras sexuales, la violación. Son todas formas de violencia heredadas de las prácticas de esclavitud y la colonia, son todas formas en las que el Estado moderno impone límites a nuestra civilización y su manera de concebirla, y también la forma de regular nuestra conducta y reducirnos corporalmente, de hacernos sentir indignos y de herirnos, de someternos.

Debemos comenzar a reconocer esas violencias como asuntos de color y origen, de género y de clase, más allá de jerarquizar qué negro es más importante y por qué, lo que debiesemos recriminar como un asunto de color es finalmente la violencia fundacional del Estado y su capacidad de borrarnos el color de la vida y solo verlo en casos brutales.

Reconocerlo como un asunto de color, implica que nos involucremos en los cambios estructurales y sumar argumentos para el fin de la violencia, las policías y las cárceles, significa estar más encima de los dispositivos racistas, y de su estrecha relación con el sistema capitalista y patriarcal. Imaginarnos y luchar por horizontes antirracistas, como señalaba Frantz Fanon, significa encontrarnos en la transformación radical de las estructuras que sostienen la sociedad y la cultura que conocemos y en nosotras/os mismas/os. También significa que debemos reconocer la potencia de las/os manifestantes en las calles de Estados Unidos, que es parte de la tradición de autodefensa y revolucionaria del pueblo afro en las Américas, de quienes por cierto, aún tenemos mucho que aprender.

*Psicólogo y Magíster en Psicología Social UCN, Coordinador Unidad de Atención a Inmigrantes “Ignacio Martín Baró S.j.” de CIAP UCN. Seleccionado Beca de Igualdad de Oportunidades (Comisión Fulbright- ANID) para estudios de Doctorado en Estados Unidos.

Referencias:

Angela Davis, Racismo Ayer y Hoy. En Angela Davis (2010)  «Una historia de la conciencia». Madrid: Editorial  BAAM.

Frantz Fanon. Piel Negra, Máscaras Blancas.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here