El “hombre de cobre” se encuentra expatriado, y las autoridades claman su regreso. Sin embargo, su primo aún vive en Antofagasta. El metal rojo no le envuelve, sino que un polvo gris y pesado le llena las entrañas. El mismo aire que da vida, le envenena. La minería que pule la perla nortina, le apaga la luz de los ojos. Pero este hombre es alquimista, y transformó el plomo en su sangre en un grito de justicia. ¡No más! Gritó a sus conciudadanos, justo antes de quedar inmovilizado eternamente por el metal. Ellos escucharon.

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