Foto: Agencia UNO.

Si hay cinco expresiones, en estos veinte días, a partir de la crisis en Chile por el “coronavirus”, crisis sin precedentes en los últimos años, que reflejan el sentimiento de las personas, estas son: malestar, disconformidad, incertidumbre, rabia y miedo.

Malestar y disconformidad por cómo se están llevando las cosas en este largo territorio. Es decir, de manera errática, sin sentimientos hacia el otro, olvidando las angustias y problemas que se levantaron en octubre de 2019, con ceguera absoluta y falta de visión y previsión total ante un virus, que se anunció a todo el mundo en diciembre de 2019, pero que aquí, en Chile, no se le dio un ápice de prioridad. En esta disconformidad y malestar tendríamos que mencionar, claramente, lo que sucede en los puestos de trabajo, en las escuelas, en las universidades, en el aparataje público y en la empresa privada.

Incertidumbre, porque los que deben dar la tranquilidad a la población no lo hacen, pues simplemente anteponen sus negocios, la sumatoria de las utilidades, contactos, dineros, reuniones absurdas, hasta fotos, como ese “paseo” ridículo e indignante de Piñera que vimos ayer en la Plaza de la Dignidad, centro simbólico de todo lo que significa el estallido y la revuelta social en el país. Sabemos que rápidamente se escucharon cientos de cacerolazos en su contra por lo que tuvo que retirarse más que rápido del lugar.

También, hay una situación de rabia en la gente, ante los despidos, la falta de solidaridad y empatía y las nulas o descuidadas respuestas, en el clima de incertezas que se viven en nuestro país.

Y miedo, tanto como amenaza hacia lo que es la extensión del contagio, con estupefacción, porque nos puede tocar a cualquiera de nosotros; como, también, por esa especie de fantasma que se cierne, en este cautiverio, hacia lo que no sabemos porque tampoco tenemos palabras para expresar lo que debiera sobrevenirnos. Sin embargo, también hay que decirlo, el miedo es algo que siempre las élites, en todas las épocas, han utilizado para exacerbar el estado de las cosas, a conveniencia, extendiendo el pánico, pero, nunca para brindar modos explicativos de los fenómenos que suceden cada tanto a la población.

En un mundo donde se recalcó, en muchísimos lugares, con matices más o menos, que los trabajadores, muchas veces, eran el centro del quehacer, o eso se nos hizo creer, resulta que aquello, ahora, en esta desnuda realidad, era solo una degradación en las condiciones humanas en que vivimos y trabajamos puesto que sometidos a una pandemia o cómo se le llame, porque en esto también hay diferencias entre los científicos, lo resultante es un “usted no sirve”; “hasta aquí no más llegamos”; “la faena se cierra”, “no saldremos a exponernos”, “no podemos soportar más: me quedo yo o se van ustedes”; “la empresa ya no da para más”, “hemos perdido mucho en estos días y ya el gobierno lo dijo…” sin contar las 27 pérdidas de vidas y el aumento exponencial de los contagiados en todo el país (que suman 4.161 casos).

Sin mencionar, de manera fuerte y denunciadora, los robos en el sistema, tal cual, ese de terno y corbata, como muchos sabemos, que han ido en contra de la población trabajadora y que se han minimizado o escondido en términos de su impacto porque la información completa no ha llegado como debiera ser ya que los medios no informan y menos, las autoridades de turno. Sin decir nada, todavía, acerca de los despidos que sobrevendrán y los que tengan sus trabajos tendrán que aguantar, de seguro, insospechadas consecuencias.

Las últimas tres semanas, entonces, han sido la alteración de la vida en una suma de vendavales. De preocupaciones. De malestares. La población está sintiendo la incertidumbre y la inseguridad. Por esa razón, este artículo tiene escasa poesía. No hay metáforas que valgan ante esta situación que llevamos como al borde algo. No sabemos si hacia el asombro o hacia el recogimiento. Para unos es como el cierre de su “normalidad”; para otros, es la persecución de los modos de actuar mal hechos y pésimamente estructurados en esta sociedad. Aunque bien sabemos que no hay nada espiritual o religioso en este contexto de la extrema incertidumbre… estamos, claro, de que no hay fraternidad en el quehacer. Y tampoco hay lecciones de esta crisis.

Lo que más escuchamos son avalanchas de “no” a todo y para todas las ideas que tengan que ver con el otro, con la persona. Pasamos de caminar abiertamente por las calles a ser interrumpidos prolongadamente, ahora, y permanecer encerrados, en un alto porcentaje de la población; mientras, otros circulan, en ciertas rutinas domésticas, y van a sus lugares de trabajo, en ciertos turnos, en abordajes de horarios, hasta escandalosos, en algunos casos, pero todos concurren en esa suma de sentimientos que van entre el dolor, susto, dramatismo y ansiedad. Aunque algunos escépticos indican que todo se relajará y que volveremos a ser como antes: con nuestras ilusiones, nuestras pobres fantasías y, también, reveladoras angustias.

Que este COVID-19 no nos desperfile y no nos aleje de nuestras ideas y admisiones para ir en busca de lo social y para denunciar esa rara normalidad que nos han querido ofrecer y hacernos dominio en ella. Que la crisis sanitaria no nos haga olvidar que tenemos precarización laboral de manera gigantesca. Que debemos ir por un proceso abierto en la asamblea constituyente y que como ciudadanos necesitamos la redacción democrática de una constitución. En cierto sentido, la pandemia verdadera no es el COVID-19 sino los modos afectados y trastocados que tenemos en esta sociedad y modelo neoliberal: es una sociedad del olvido y con absoluta falta de humanidad.

En este sentido, nuevamente, no nos perdamos. El espacio social y humano es el que debemos sostener. Mientras nos hablan de “enemigos internos” y de “guerras poderosas” la verdadera movilización debiera ser como dijo un poeta: el “habitante y su esperanza”, es decir, toda la población, toda la sociedad. Así, nos encontraremos con el entusiasmo, de absoluta claridad, para hacer girar la rueda, sin temor a lo que viene, y extender el lazo más allá de toda “inmovilización”, por ahora. La lección en esta crisis, probablemente, sea algo así como “cambia tus hábitos, asume leer, reflexiona, haz ejercicios, por cierto; pero, no cambies tu pensamiento, de fondo, para ir en busca de un mejor lugar”.

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