Yo nací en dictadura. Para el 11 de septiembre de 1973 no era ni siquiera un proyecto de persona. Pero ese 11 de septiembre determinó mi niñez y me forjó como el ser humano que hoy soy.

No quiero hablar de la dictadura de los detenidos desaparecidos, del dolor de las familias, de la rabia que nos genera la impunidad de los culpables. No, esa ya tiene muchos para recordarla. Hoy deseo hablar de la otra dictadura, esa que se nos metió en el alma, esa que aparejada de la imposición de un sistema económico, nos determina, nos engulle, nos envuelve. Esa dictadura que todavía no acaba.

La dictadura capitalista nació con Pinochet, cuando Milton Friedman, a través de los Chicago Boys, instaló su teoría monetaria en Chile (1). Así, la dictadura capitalista creció bajo el gobierno de facto en la década de los 80, pero se afianzó y se hizo fuerte no con los gobiernos de derecha, sino con los de la Concertación.

Ayer oía en un foro virtual a Ricardo Lagos dando cátedra sobre los temas que debemos abordar en la discusión de la nueva Constitución. Y pensaba: ¡Qué descaro, venir ahora a decirnos cómo actuar cuando ustedes nos dejaron como estamos! Esta Dictadura Capitalista tiene su mayor símbolo en la Constitución de 1980, pero por más justificaciones que esgriman, los políticos como Ricardo Lagos, Andrés Zaldívar, Juan Pablo Letelier, Sebastián Piñera, Pablo Longueira (entre otros, muchos otros), son los verdaderos responsables del sistema macabro que hoy impera. Sus leyes pro capital, pro privatización, pro concesiones, son hoy las responsables de que la desigualdad sea legal. Claro que nosotros sabemos que lo legal no siempre es lo justo.

La Constitución de 80 no es más que la herramienta jurídico-legal que permitió consolidar la transformación del sistema económico chileno a uno con un altísimo PIB, con personas con un elevado nivel de consumo y grandes grupos económicos que son los verdaderos gobernantes del país. Pero también se trata de un sistema económico con la peor distribución de los ingresos, cuyo consumo se apoya en una deuda impagable, que la acumulación de la riqueza de los grandes grupos económicos se sustenta en el dolor de una gran cantidad de compatriotas, se afirma sobre los hombros de nuestros jubilados con pensiones de indigentes, tras años de aportar a la consolidación de ese sistema que hoy los olvida.

Los días como hoy nos obligan a atender a la historia. Indispensable es hacerlo. Inaceptable olvidarlo. Pero solemos centrarnos en los ausentes y vamos que importante es hacerlo. Y en lo importante olvidamos lo urgente. Es que la dictadura no acabó en 1988. Solo cambió de cara, de un dictador algo caricaturesco que nos aseguraba que nos se movía una hoja sin que él lo supiera a otros más invisibles y amables, que sin vergüenza declaran que solo son seres humanos como todos, pero poderosos.

Y estos nuevos dictadores nos engatusan con sus campañas publicitarias, nos envuelven con su responsabilidad social empresarial, mientras se van tragando nuestra vida, nuestra educación, nuestra salud y nuestra dignidad con la esclavitud del consumo. Con su educación de mercado crearon una gran masa incapaz de cuestionar, manipulable y lista para seguir siendo explotada.

Es cierto, es 11 de septiembre y debemos recordar a los muertos. Más cierto aún es que aquí muchos de nosotros seguimos vivos. Y recordamos. Y a pesar de todo, cuestionamos, pensamos, vivimos, creemos en un futuro diferente. Muy a pesar de esta dictadura que no acaba, no permitiremos que se lleven nuestra dignidad ni nuestros sueños. Y lo haremos con una sola palabra: APRUEBO.

(1) El economista estadounidense de origen judío, Milton Friedman, fue fundador de la teoría monetarista, según la cual las fuerzas del libre mercado son más eficientes que la intervención pública a la hora de fomentar un crecimiento económico estable sin tensiones inflacionistas.

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