24 de febrero de 2024

Columna: La música y la filosofía, el ritmo del ser pensante

Por Redacción Jun 20, 2021

Por Mg. Mariela Damke Contreras[1]y Mg. Benjamín Rojo Segovia[2]

Cuando escuchamos música, percibimos el sonido y el movimiento de nuestro cuerpo. La “teoría motora de la percepción” señala que estas relaciones de similitud están profundamente arraigadas en nuestra mente y según esta perspectiva, para percibir algo debemos simular activamente el movimiento asociado a las impresiones sensoriales que estamos tratando de procesar, es decir, por medio de los diversas sonoridades simulamos mentalmente aquellos movimientos del cuerpo que se precisan para producir el sonido. Por ejemplo, cuando comienza a aparecer el ritmo cardiaco desde la gestación, nos vinculamos a la música a través del mágico tiempo, de los latidos del corazón que antes que eso, fue el de nuestras madres. ¡Es tan difícil pretender separar al ser humano de su propia naturaleza musical!

Zygmunt Bauman afirma que “…estamos viviendo en una sociedad líquida, donde la mayor preocupación de nuestra vida social e individual es cómo prevenir que las cosas queden fijas, que sean tan sólidas que no puedan cambiar en el futuro..”. En efecto, estamos acostumbradas-acostumbrados a realizar nuestras actividades de forma rápida, el tiempo siempre parece ser escaso (un ir y venir), seguras-seguros de que las cosas y personas no van a permanecer por mucho tiempo, puesto que si no cumplen con lo que necesitamos son desechadas.

Considerando estos tiempos “líquidos”, es posible establecer una vinculación entre música y filosofía, generando nuevos lineamientos en está problemática. ¿Por qué? Porque el ser de las personas puede conectar el sonido y la mente por medio de la escucha de alguna canción o la ejecución del algún instrumento, propiciando ingresar al mundo de las emociones y reflexiones en función de las sonoridades de los diversos instrumentos de una canción o los mensajes que quieren transmitir las letras. No obstante, en el ámbito educacional secundario de nuestro país, la música y la filosofía han sufrido una importante disminución de horas curriculares, generando un ser más técnico que un ser pensante-musical, dificultando ingresar a estas capas de exploración humana e instalando un ser acrítico (sin sentido de examinar diversas cuestiones) y lejano-a del universo sonoro.

Por lo tanto, es urgente volver a retomar una educación que integre los elementos musicales y filosóficos en la construcción de las personas que “se hacen” en conexión consigo mismo y su entorno; conectándose constantemente con su musicalidad-pensamiento interior, reflejo de lo que siente y piensa, fortaleciendo así el desarrollo humano integral, bajo la consigna de “No silenciar más el cuerpo ni la mente”

[1] Magister en Educación y Docente Universitaria.

[2] Magister en Educación y Docente Universitario.

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