La actitud del presidente Sebastián Piñera, consistente en contribuir a la restauración de Notre-Dame de París, es un eco de la inversión de valores morales a la que se asiste en Francia y en todos los países ultraliberales: se da más asistencia a un símbolo material que a la miseria humana en carne y hueso. Esa inversión de valores morales es una prueba más de la deshumanización típica producida por esa ideología.

Aunque no conozco bien la situación chilena, supongo sin embargo que guardando las proporciones, hay una analogía estructural con la francesa. El lector podrá sin dificultad dar contenido material a la analogía (nótese que Sebastián Piñera y Emmanuel Macron son ambos exbanqueros que tienden a comportarse como robots creados a imagen y semejanza del mundo de las finanzas).

Nadie ha olvidado estas frases del presidente francés: «Es necesario que los jóvenes tengan ganas de ser multimillonarios. . . uno encuentra personas que han tenido éxito [los ricos] y otras que no son nada [los pobres]». Se dice que E. Macron tomó algunos cursos de filosofía, sin embargo no le sirvieron de nada. La sabiduría, absorbente y celosa, no permite que se ame el dinero más allá de lo estrictamente necesario para llevar una vida digna. Algunos gobernantes ultraliberales —entre los cuales se cuentan probablemente ambos presidentes— hablan, por conveniencia electoral, de un liberalismo igualitario, pero eso un oxímoron: no existe un sistema de recompensa que satisfaga a la vez los criterios del igualitarismo y del liberalismo. O una cosa o la otra.

Una vez que se empezó a tomar conciencia de la amplitud de la catástrofe de Notre-Dame, el gobierno, las autoridades políticas, las empresas y muchos adinerados empezaron a donar, inmediatamente y con una facilidad inimaginable para quienes no poseen lo que ellos poseen, centenares de millones de euros para la restauración. Así el día mismo en unas horas tres personas ya habían ofrecido 500 millones de euros. En la actualidad se han recaudado mil millones y las grandes donaciones continúan. El trabajador que gana el salario mínimo (neto = 1.201 euros mensuales) debe acumularlo, sin gastar nada, durante casi tres millones de años para alcanzar la riqueza de esos donantes. Los contribuyentes disminuyen de paso sustancialmente sus impuestos, lo que tiene consecuencias negativas para los servicios públicos a la comunidad.

Ahora bien, las autoridades nacionales y locales, las empresas y los adinerados pretenden no disponer del capital necesario para salvar vidas humanas en el Mediterráneo; la vida de personas quienes, muchas veces, deben dejar sus países arruinados, en parte, por la intervención en ellos de los países ricos. Uno creyera que los poseedores de grandes fortunas tampoco tienen suficiente dinero para pagar correctamente los impuestos: con la complicidad del gobierno y de la Unión Europea la evasión fiscal es gigantesca. Tampoco hay dinero para aumentar de unos cuantos euros mensuales el sueldo mínimo que tantas veces no alcanza para llegar a fin de mes. Esto último es la razón de ser principal del gran movimiento de los Chalecos Amarillos que ya lleva más de cinco meses de existencia y que puede agravarse. En estas protestas ya se cuentan 11 muertos y más de 4.000 heridos.

Pobre Francia actual — felizmente su admirable tradición cultural, moral y política es otra cosa.

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