Por Ricardo Díaz
Consejero Regional

Vivimos tiempos difíciles. Chile ha despertado y lo ha hecho con rabia. Antofagasta ya no duerme, hoy se moviliza con dignidad exigiendo un mejor trato. Los que somos ciudadanos de a pie lo sabíamos desde hace tiempo: colusiones que se pagan con clases de ética, las AFP enriqueciéndose mientras las pensiones bajan y bajan, políticos que hacen campañas con boletas falsas sin ninguna sanción, la educación aún no es gratuita ni de calidad, las más altas cifras de cáncer producto de vivir en una zona de sacrificio, sin contar con un sistema de salud que asegure una atención digna.

Todos temas que nos afligen día a día, temas de los cuales un pequeño grupo de privilegiados no se daban por enterados, o si lo hacían, solo era para desde sus cuentas de Twitter vociferar contra el sistema, ya que para qué vamos a hablar de nuestros parlamentarios(as) que ni si quiera se dignan vivir en la región. Hoy muchas autoridades se manifiestan desconcertados ante estas protestas. Cuando se vive desconectado de los problemas de la gente es normal que se actúe así y desde esa perspectiva se entiende lo estúpido de sus frases: «Compren flores que bajaron de precios» o «si quiere pagar menos levántese más temprano». Indolencia que solo hace generar más indignación entre la ciudadanía.

La gente se aburrió y sale a las calles a manifestarse y a decir con cacerolazos que ya no se toleran más abusos. En Antofagasta las marchas siempre han sido pacíficas, van familias, grupos musicales y con mucho respeto se expresa el descontento. Es cierto que unos pocos vándalos asisten a generar caos. Pero es una gran mayoría la que muestra su descontento sin dañar a otros. Sin embargo, las autoridades de gobierno hoy acuden al discurso del temor y solo hablan de los actos delictuales enunciados. Pretenden estigmatizar las legítimas demandas como actos violentos y encubrir la necesidad de un nuevo diálogo, tanto así que hasta hemos escuchado la palabra «guerra».

Promover el terror en la población es una irresponsabilidad. Ya hemos visto con indignación como las autoridades regionales estaban en una fiesta mientras se iniciaban estas manifestaciones. La falta de liderazgo del gobierno que se niega al diálogo y promueve la represión, con un discurso centrado en el temor, nos plantea a los ciudadanos una nueva forma de organizarnos.

Las crisis pueden tomarse de dos formas. Podemos inmovilizarnos por el temor a lo que pueda ocurrir o poder tener la esperanza de aprovechar la situación para generar mejores condiciones de vida.

Hoy no hay que dejarse vencer por el miedo. Los que hemos estado en la calle sabemos que con la presión suficiente todos deben responder a nuestras demandas. Sin embargo, al mantenerse firmes y pacíficos, el discurso será inamovible y por lo mismo indiscutible. No hay que dejarse engañar cediendo al miedo, pero tampoco hay que dejarse vencer por la violencia. Rechacemos a quienes provocan vandalismo en las protestas, pero seamos firmes en mantener las justas demandas. Otro Chile es posible, solo si la esperanza es capaz de vencer al miedo de unos pocos.

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