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	<title>sociedad &#8211; Diario Regionalista Antofagasta</title>
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		<title>La violencia no es el problema: Es el síntoma</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Malcom Rivera Cuevas]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 14 Apr 2026 19:02:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>
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<p class="wp-block-paragraph">Lo ocurrido recientemente en&nbsp;Calama, donde un estudiante agredió a una inspectora, ha sido rápidamente condenado y con razón. Sin embargo, la velocidad con la que buscamos culpables suele ser inversamente proporcional a nuestra disposición a comprender. Porque cuando la violencia aparece en la escuela, no estamos frente a un hecho aislado: estamos frente a un síntoma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un síntoma de una sociedad tensionada, fragmentada y desbordada, donde la violencia no solo se expresa en actos visibles, sino también en formas más silenciosas: la precariedad, la desigualdad y la incertidumbre constante en la que viven amplios sectores de la población. Cuando acceder a salud mental depende del ingreso, cuando las condiciones de vida deterioran el bienestar psíquico y cuando las oportunidades se distribuyen de manera profundamente desigual, esa violencia estructural también configura subjetividades y termina expresándose en los espacios cotidianos, como la escuela.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El gobierno actual no ha&nbsp;reconocido que Chile atraviesa una crisis histórica de salud mental. Las cifras son claras: existen más suicidios que homicidios. Y aun así, la inversión en salud mental sigue siendo insuficiente, las listas de espera se extienden y las barreras de acceso económicas, territoriales y culturales siguen dejando a miles de personas fuera de atención oportuna.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces, la pregunta es inevitable: ¿qué esperamos que ocurra en las escuelas si no estamos siendo capaces de hacernos cargo del malestar en la sociedad?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque los estudiantes no emergen en el vacío. Son el resultado de contextos familiares, sociales y culturales profundamente marcados por un sistema donde las élites a través de decisiones políticas, modelos de producción, legislación y cultura configuran la subjetividad y las condiciones de vida de la mayoría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese escenario, aparece una paradoja difícil de ignorar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vivimos en un mundo donde figuras de poder internacional, como&nbsp;Donald Trump, han validado públicamente formas de comunicación agresivas, impulsivas y desreguladas. Donde la violencia incluso a escala global es justificada o relativizada según intereses políticos. Y luego nos sorprendemos de que los jóvenes responden con violencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Con qué coherencia les exigimos regulación emocional, respeto y autocontrol, si los modelos que dominan el escenario público muchas veces operan desde la descalificación, la impulsividad y la fuerza?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto no implica justificar la agresión. Implica algo más incómodo: reconocer que estamos educando en una cultura que muchas veces contradice lo que dice promover.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por otro lado, las escuelas han sido empujadas a sostener funciones que exceden ampliamente su rol. No solo educan: contienen, intervienen en crisis, reemplazan redes ausentes y gestionan problemáticas sociales complejas, muchas veces sin el financiamiento ni los equipos adecuados. Los trabajadores de la educación quedan expuestos, sobrecargados y desprotegidos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así, la violencia que irrumpe en una sala de clases no es solo un problema disciplinario. Es la expresión de una crisis más profunda: una crisis institucional, donde las estructuras han ido perdiendo legitimidad, capacidad de respuesta y conexión con las realidades concretas de las personas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Frente a esto, insistir únicamente en respuestas punitivas es no entender la magnitud del problema. Se requieren transformaciones más profundas: aumentar de manera sustantiva el presupuesto en salud mental, fortalecer los equipos psicosociales en los establecimientos, generar estrategias de prevención sostenidas y reducir las barreras de acceso a atención oportuna.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero también se requiere algo más difícil: coherencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No podemos condenar la violencia en la escuela y, al mismo tiempo, normalizarla o celebrarla en otros niveles de la vida social. No podemos exigir a los jóvenes lo que el mundo adulto no está dispuesto a encarnar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque, en el fondo, la violencia escolar no habla solo de los estudiantes. Habla de nosotros. De lo que hemos construido como sociedad, de lo que toleramos y de lo que hemos dejado de cuidar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si queremos escuelas más seguras, necesitamos una sociedad más coherente. Y eso no se resuelve solo en la sala de clases.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Ps.&nbsp;Malcom&nbsp;Rivera Cuevas</strong><br>Psicólogo&nbsp;<br>Presidente de PopularMente Antofagasta.</p>
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