El Talibán no es un fenómeno reciente, pero lamentablemente -como sucede con todo régimen acentuado de narcisismo- solo vino a hacerse presencia conocida a través de su afrenta al patio de los Estados Unidos, en Septiembre del 2001.

La verdad es que la violación a los DDHH, la vejación a las mujeres y a la niñez, ya existían desde antes del bombardeo a las torres gemelas y a los múltiples atentados a occidente «infiel». La diferencia es que, sin molestar a la cúpula capitalista del mundo, ningún atropello a la humanidad pareciera importar.

El Talibán, o «estudiantes» (en Pashto), se organizó en los años 90, luego del retiro de las tropas soviéticas desde Afganistán. Sus orígenes logísticos son especulaciones que abarcan desde un financiamiento de Arabia Saudita, al entrenamiento  en «madrassas» (escuelas religiosas) en Pakistán.

Pese a la constante negación de Pakistán de estar involucrados con el «movimiento» insurgente, una no puede pasar de largo el hecho de que fuera uno de los tres países que reconoció el poder del Talibán y, además, el último país en romper lazos políticos con ellos.

De qué manera importa la historia del Talibán, no estoy segura. Pero hay que poner atención en la fuerza de su desplazamiento efectivo, desde que en Septiembre del 95 tomaran control de Herat (en la frontera con Irán), un año después de Kabul y en el corto plazo de tres años, en 1998, ya tenían control sobre el 90% del territorio Afgano.

Las mujeres y las niñas y niños ya estaban siendo violadxs, pero en tierras en donde no se speak English. Por eso no lo supimos o no nos importó tanto.

Incluso después de su, aparente, retirada en el 2001, bajo ataque de EEUU y tras firmar un acuerdo de paz el 2020, con el mismo país, el Talibán -cuya fuerza se estima ser entre 55 y 100 mil miembros activos- ha permanecido estoico. Aún estando bajo la minuciosa mirada de organizaciones de inteligencia estimadas como las mejores del mundo. Han asesinado, aproximadamente, 7000 miembros de personal de EEUU, entre guardias, militares y ONAT, 47000 civiles, 70000 miembros de fuerzas armadas y policía locales. Miles de guerreros Talibanes han muerto desde el inicio de la insurrección.

Muchos de esos muertos eran mujeres, niñas y niños. Muchos de ellas y ellos, sufrieron la tortura de ser violadxs. Mujeres e infancia reflejan el 46% del total de las muertes.

La lucha por los derechos de las mujeres, en esta tierra, solo lleva 20 años siendo peleada. La nimiedad, comparativa a las pares en occidente, de los logros significa una sociedad más segura y digna: mientras en otros países los profesores marchan por sueldos justos, las escuelas de Afganistán recién abrían, trepidantes, sus puertas a las niñas y a pesar de que en el 2020 el parlamento Afgano contaba con más mujeres que hombres, que el congreso de EEUU, aún los derechos de la mujer no estaban integrados a sus políticas.

Durante el período en que el Talibán controlaba Afganistán, como lo ha logrado hace pocos días, nuevamente, la brutalidad que ejerció sobre las mujeres y niñas fue una sin precedentes históricos proporcionales en el mundo: su único lugar seguro es en la esclavitud servil a un hombre. Independientemente de la edad, completamente dependiente del antojo lascivo de un patriarca.

Mientras escribo esto, me entero de las declaraciones de Zabihullah Mujahid, vocero del Talibán, quien asegura que las mujeres y niñas, «por ser musulmanas, estarán muy felices viviendo bajo la ley Sharia»: el extremista código islámico moralista fundamentalista que buscan imponer los mismos hombres que envían subordinados a elegir, indiscriminadamente, mujeres fértiles para servirles de esposas.

Nos importan las mujeres, las niñas, los niños, pero en el afán de “rescatarles” estamos ignorando que la realidad de esta violencia no es nueva, sino trasciende al inicio de la interferencia internacional en Afganistán y el rompimiento social que esta ha producido: desde la ocupación soviética que trajo consigo la violencia sexual y el poder Mujahideen; subyugando a las mujeres Afganas, quienes no son la fotografía triste y frágil, desplegadas en revistas de prensa global, sino una multitud de identidades, colores, edades, etc. para quienes la solución definitiva no yace en ser «salvadas» de su PROPIA cultura, por el mundo occidental.

Es humillante y brutal, desconocerlas como seres autovalentes y fuertes, antes de que Occidente inclinara sus preferencias de «rescate» hacia estas tierras ricas en ciertos recursos naturales. Es ignorar los esfuerzos de las mujeres que organizaron las escuelas clandestinas, por ejemplo. Fueron las mujeres Afganas quienes resistieron y organizaron alternativas al fusilamiento social del que fueron blanco. No los soldados norteamericanos.

Cuando EEUU inició conversaciones con el Talibán, previo acuerdo de paz, ninguna mujer fue incluida, ni consultada. A pesar de que las mujeres y las niñas han sido, inescrutablemente, quienes han sido sometidas a la mayor brutalidad derivada, precisamente, de un estado de guerra levantado por la invasión de fuerzas foráneas, presentes en nombre de la «salvación» a ellas: las que no fueron consideradas en ninguna discusión, en ningún momento, para ningún tipo de participación.

El «salvador» se olvidó, también, de los derechos de las mujeres y niños, pero de una manera mas sutil. Todos nos atropellan subrepticiamente y debemos tener cuidado en no ser permisivas con ninguna violencia: el impacto de la misoginia nunca es fútil. Como la del Talibán, que ya ha ordenado a líderes religiosos en Takhar y Badakhashan, hacer listas de niñas y mujeres de 15 a 45 años, para ser «dispuestas» como esposas para sus guerrilleros.

En Afganistán violan. En Chile violan. En Australia violan. En India, Estados Unidos, España y en el resto del mundo, violan. El rescate desde el territorio no es la respuesta, porque el problema radica en el hombre que ejerce violencia y esos van a pervivir guerras y fronteras, mientras no se asuma que la culpa siempre y exclusivamente, es del violador y de los sistemas que le premian; ignorando la magnitud del daño y dejándolos libres, como si fuera, el mundo, su patio de juegos, mientras la puerta cerrada de quienes tenemos hogares, la única trinchera en donde podamos existir angustiadas, pero sin miedo a que nos arranquen el calzón.

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