Foto: Ricardo Vilches.

Por Miguel Ballesteros Candia

El 23 de marzo se conmemoran 141 años de la anexión de Calama a territorio chileno. A este hito se le ha dado históricamente carácter de celebración, pero convengamos todos que este 2020 no está para festejos.

Este 23 marzo encuentra a Calama en un escenario de crisis sanitaria por la pandemia que ha golpeado al mundo entero, y hasta hace algunas semanas como escenario también del estallido social, el que permitió en nuestro caso volver a levantar las banderas de las reivindicaciones territoriales, desafiando no solo el modelo imperante en el país, sino también el centralismo que reina consagrado bajo la definición constitucional de un Estado unitario.

De hecho, la contingencia provocada por el COVID-19 en Chile, trajo no solo preocupación a Calama, sino también ha hecho resentir la desigualdad territorial que ha alentado un descontento permanente en nuestra comunidad. Es cierto que hay una crítica desde todas las regiones a la gestión de la crisis por parte de las autoridades nacionales, pero en nuestra comuna debemos sobrellevar además la incertidumbre respecto de la capacidad de la red hospitalaria local y la disponibilidad de insumos para enfrentar la contingencia.

Con todo esto, reaparece la irritación por el desequilibrio entre lo que este suelo moreno aporta al erario nacional y el trato recibido por este Estado unitario. Se nos ha calificado como “la Billetera de Chile”, no obstante, aquello lejos de ser un privilegio resulta un infortunio: Las riquezas que generamos para sustentar las políticas gubernamentales, no llegan hasta acá y quedan principalmente las externalidades. Somos, en efecto, una zona de sacrificio.

Indignante, ¿verdad? Y surgen permanentemente circunstancias que avivan el fuego del descontento. Por ejemplo, y para volver a la contingencia del COVID-19, mientras comienzan en diversas comunas a implementar medidas restrictivas para proteger a la población, el secretario regional ministerial de Minería, Alex Acuña, descartó el cierre de faenas mineras, como lo ha pedido transversalmente la comunidad y los propios sindicatos de trabajadores de Codelco, a propósito de las condiciones en que funciona la gran industria del cobre, cuyas empresas operan con turnos que movilizan miles de trabajadores simultáneamente. Para esto, el personero de gobierno aseguró que “la minería no para, continúa, debe seguir funcionando, porque es el motor económico del país”. Vale decir, la producción está sobrepuesta a la salud de la comunidad local.

Esta lógica es la que ha atentado permanentemente contra la salud de los calameños. Así, mientras Codelco generó más de 2 mil millones de dólares en excedentes el año 2018, con una producción de un millón 678 mil toneladas de cobre fino, de lo cual más del 56% corresponde a las operaciones emplazadas en nuestro territorio (956 mil toneladas de cobre fino), la comunidad loína sigue esperando por la entrega definitiva del Plan de Descontaminación Atmosférica (PDA), el que debía estar finalizado en febrero pasado y cuya entrega fue aplazada por el Ministerio del Medio Ambiente para el próximo 30 de junio.

Qué más da, pensarán en la cartera, si frente a los 10 años de espera, 120 días más no son nada, pero cada día que pasa la población sigue enfermando por los efectos de la contaminación.

Es esa lógica de poner la producción por sobre el bienestar local es la que tiene a la comuna con una tasa de desempleo en lo que va de 2020 de 10,6% según las cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE). Sí, hablamos de las tasas más altas a nivel nacional en la misma zona de las 956 mil toneladas de cobre fino en 2018.

Como si esto fuera poco, los últimos años los calameños y calameñas hemos debido tolerar una gestión municipal paupérrima, cuya debilidad técnica golpea el desarrollo local. Por ejemplo, el 2019 la inversión priorizada del Fondo Nacional de Desarrollo Regional (FNDR) por el Consejo Regional para Calama fue de poco más de 3 mil millones de pesos de un total regional cercano a los 80 mil millones. Muy lejos de los más de 17 mil millones gestionados por Tocopilla o los 57 mil millones que logró Antofagasta.

Podríamos seguir con una larga lista de datos que reflejan la injusticia en el trato a Calama y las zonas de sacrificio en general, pero ya lo expuesto refleja bien el estado del arte. El desafío es canalizar la rabia. Las crisis siempre representan una oportunidad. El cambio constitucional, cuyo plebiscito fue postergado para octubre, es igualmente una oportunidad. Las municipales, también pospuestas por la crisis de salud, podrían serlo de igual modo. Hay que transformar el enojo en impulso, articularse, incidir, disputar espacios. Es preciso comprometernos, involucrarnos, como un acto de reciprocidad con esta tierra noble.

No podemos pretender esperar soluciones mágicas desde el centro, ni creer ya en las añejas recetas de los mismos de siempre. Es momento para recuperar la dignidad, para hacer honor a nuestros abuelos que forjaron el desarrollo local. Necesitamos hoy de la voluntad que se abrió paso con personajes como Alejandrina Olivares, Rubén Soto Gutiérrez, Héctor Pumarino Soto y Justo Ballesteros (de quien soy honradamente bisnieto), entre tantos y tantas más.

A 141 años de la anexión de Calama a territorio nacional, el llamado es a recuperar Calama, cuyos espacios públicos y cotidianidad están tomados por la industria minera, para ponerlos al servicio de la comunidad toda. A recuperarla de la desidia e ineficiencia de las autoridades, del abandono del Estado y el desprecio de quienes defienden el modelo. A recuperar Calama para retribuirle y aspirar a un modelo del buen vivir, donde la participación vinculante sea el vehículo de la gestión institucional, donde la cultura y el patrimonio sean ejes de desarrollo y desde lo cual podamos dar los primeros pasos para diversificar la matriz productiva local, buscando bienestar y sustentabilidad. Recuperar Calama, para reconstruirla social y culturalmente entre todos y todas las que hemos hecho de este suelo nuestro hogar, más allá del lugar de origen.

¡Viva Calama y qué sea en buena hora!

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