Recuerdo que estaba en el colegio, comenzaba la tarde. Carreras, murmullos, niños y padres aglomerados en la entrada, rostros de angustia, algo pasaba. Llega mi madre y me toma de la mano junto a mis otros dos hermanos. Caminamos largas cuadras. No había locomoción, estábamos cansados, quedaba mucho para llegar a casa todavía, vivíamos en la comuna de La Cisterna. De pronto aparece una carretela. «El vecino Rubén», dice mi madre. Nos subimos todos, hacía frío y oscurecía ya. Con el tiempo me enteré que ese día fue un 11 de septiembre de 1973, y que esa tarde larga, fría y oscura llegaría para quedarse…

Históricamente fueron las asociaciones mutualistas, la iglesia, las sociedades de socorro mutuo y los sindicatos, mucho antes que el Estado, quienes jugaron un rol de importancia como mecanismos colectivos para enfrentar las contingencias derivadas de la pérdida del empleo, accidentes en el trabajo, problemas de salud, invalidez, viudez y envejecimiento de los afiliados. Los trabajadores soñábamos con un país mejor.

El Estado toma la iniciativa en la década del 1920, en el año 1924, crea la Caja del seguro Obrero. Nace así la Seguridad Social para la población civil, cubriendo un 45% de todos los trabajadores asalariados. Luego nacerían la Caja de empleados Particulares y la Caja de Empleados Públicos.

Aunque proveía beneficios diferenciados, dependiendo de la caja a la que perteneciera el trabajador, el Sistema Previsional chileno era considerado avanzado y hacia el año 1973 los afiliados fueron obteniendo beneficios como pensión de sobrevivencia, subsidio a la maternidad y la ampliación a toda la familia de la atención gratuita en el naciente sistema de salud público. De hecho, gran parte de la infraestructura de salud que hoy utiliza Fonasa, formó parte del patrimonio generado con las cotizaciones de los obreros. A pesar de las diferencias que había en las distintas Cajas, tuvimos un sistema real de Seguridad Social. Era el sueño de nuestros bisabuelos, abuelos y padres hecho realidad.

Ese 11 de septiembre, en esa larga, fría y oscura tarde que cubrió a nuestro país, se desmantela y privatiza toda la seguridad social. Luego nacerían las Afp. Así también se privatizó la salud, la educación, el agua, los bienes naturales y si pudieran, hasta el aire lo hubieran privatizado. Sin embargo, hay algo que nunca podrán privatizar, nuestra esperanza como pueblo.

La Esperanza es aquella virtud hermana de la Fe y el Amor que nos mueven a diario y que movieron a todo un país, porque es la Esperanza de todo un pueblo la que se alzó como una sola voz en octubre del año pasado para reclamar y exigir Dignidad. Reclamar, exigir y luchar para que nos restituyan todas nuestras conquistas ganadas como pueblo trabajador y que con artimañas y engaños nos quitaron.

Tengo fe y esperanza en que recuperaremos una educación gratuita y de calidad, una salud digna para todos, que recuperaremos nuestra agua, nuestros bienes naturales, que recuperaremos la seguridad social y la alegría para nuestros viejitos. Tengo esperanza cierta que este próximo 25 de octubre, esa tarde larga, fría y oscura de aquel día de septiembre de hace 47 años, dará paso a un nuevo día, una nueva Antofagasta, un nuevo Chile.

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