Hola, amigo. Hace ya varias semanas que nos vimos, nos leímos y nos intercambiamos stickers por WhatsApp por última vez. Hace ya varios meses que me pedías “una columnita”, o yo te pedía algún favor, como visibilizar la lucha de las y los chilenas/os en el extranjero. Hace casi tres años que nos dijimos “hasta luego”, y al poco tiempo –cuando Chile Despertó en un estallido transformador– te vimos salir a las calles portando las banderas de todas las luchas que levantaste.

Diariamente seguíamos tus despachos desde donde, como uno más del pueblo movilizado, enfrentabas la violencia de un estado neoliberal contra las cuerdas. Vimos como te apuntaban y disparaban seres con más armadura que humanidad, por exigir la adeudada dignidad. Te vimos proteger –y ser protegido– a tu compañero de vida y a tantas otras y otros más. Te leímos y escuchamos denunciar los excesos y la locura de una guerra unilateral, pero también difundir la creciente esperanza de un pueblo reencontrado en sus calles, ollas comunes y cacerolazos.

Ha pasado tiempo, compañero, desde que volvimos y pudimos reencontrarnos cara a cara para intercambiar historias, y planificar proyectos para este país que se reconstruye desde su diversidad y disidencia. Ha pasado tiempo, también, desde que te dijimos adiós.

Hoy te escribo esta columnita, aunque no me la hayas pedido, para mantenerte al tanto. Te escribo, porque te veo en este país cambiado y cambiante, donde el matrimonio igualitario ya es una realidad. Quizás nos perdimos tu ceremonia, pero sé que estarías feliz de poder presenciar como el fruto de tantos años de tu lucha terminaron en el reconocimiento de más –y mejores– derechos humanos para todos, todas y todes. También te escribo para contarte que quedan semanas para el plebiscito por la nueva constitución. El proceso ha sido difícil, pero no por eso menos hermoso ni esperanzador. La propuesta final ya fue entregada y socializada, y garantiza una serie de derechos que muchas veces imaginamos como utópicos en nuestras largas conversaciones alrededor de un juego de mesa, o un improvisado “terremoto”.

Te cuento, Eric, que te veo en cada persona que se atreve a cruzar el velo de miedo que quiere mantenernos inmóviles, en cada habitante que aborrece la constitución del dictador. Esa misma que por décadas nos imposibilitó el avance de tantos cambios sociales, grandes y pequeños. La campaña por rechazar la propuesta de nueva constitución ha sido feroz, pero los medios de comunicación no tradicionales –como el que cofundaste– han sido cruciales en la clarificación y defensa de lo realmente establecido en la propuesta de nueva constitución.

También te cuento que soy uno de muchas, muchos y muches que te extraña, pero encuentra consuelo al reconocerte en las y los vecinos que preguntan qué es eso del derecho a la ciudad y a la vivienda. En aquellas y aquellos que discuten sobre la descentralización del poder político y económico. Te escucho en cada cuestionamiento a este modelo tan injusto, que te llevaron a poner tu voz y tus letras en contra de las desigualdades que azotan a las y los trabajadores antes, durante y después de su vida laboral. Te reconozco en cada desafío a aquellos cuyo concepto de libertad implica asegurar la libertad de sus privilegios, a costa de todas las demás. Te escucho, amigo, en las canciones de quienes quieren ejercer completo derecho sobre su cuerpo, género y sexualidad; así como en la música de quienes construyen ciudad, territorio y dignidad desde campamentos. Te siento, amigo, en todas y todos quienes llevan a sus espaldas sus territorios de origen e historias de lucha marcadas por discriminaciones e inequidad.

Recientemente te he encontrado entre las letras de la nueva constitución. Estás en su preámbulo, que reconoce la democrática diversidad del pueblo de Chile. También te veo reflejado en los principios y disposiciones generales, donde se reconoce a Chile como un estado social y democrático de derecho, plurinacional, intercultural, regional y ecológico; así como una república solidaria con democracia inclusiva, paritaria y que reconoce como valores intrínsecos e irrenunciables la dignidad, la libertad, la igualdad sustantiva de los seres humanos y su relación indisoluble con la naturaleza. Tus luchas por las y los discriminados, aquellos tildados de rotos, flaytes o indeseables por su condición económica, de origen, de piel, de género, de etnia, de privación de libertad, de capacidad o de edad, se han cristalizado en una serie de derechos fundamentales y garantías, como a la salud, la educación, la justicia, la vivienda, la ciudad, el agua y la vida digna. Ahora no sólo grupos históricamente excluidos tendrán nuevos derechos, sino que también la naturaleza que les cobija y alimenta.

La nueva propuesta incorpora varias de las ideas que alguna vez discutimos, como la creación de instituciones autónomas que aseguren la promoción y protección de derechos (Defensoría del Pueblo, Defensoría de los Derechos de la Niñez, Defensoría de la Naturaleza, entre otros). También abre la posibilidad para enfrentar la crisis climática causada por un capitalismo insustentable, promoviendo el surgimiento de empresas productoras basadas en la solidaridad (cooperativas), así como empresas estatales de todo tipo. Esto va alineado con el avance de la democracia que tanto defendiste, tanto en su faceta de participación representativa como de participación directa. El proyecto incluso avanza en el empoderamiento de los territorios subnacionales, como regiones y comunas, dando una serie de atribuciones para la toma de decisiones que seguramente facilitarían el término de las zonas de sacrificio donde viviste gran parte de tus aventuras y desventuras.

Así, querido amigo, quisiera terminar agradeciéndote por enseñarme a mí y a todas, todos y todes quienes tuvimos el privilegio de conocerte que –como escribió Raymond Williams– “ser realmente radical implica hacer posible la esperanza, en vez de la desesperación convincente”. Has sido, eres y continuarás siendo una fuente de inspiración, compañero, y quienes continuamos el sendero hacia la vida justa y digna que recorriste, continuaremos encontrándote en cada palabra, grito, cántico, poema, lienzo o graffiti que adorne este viaje, así como te he encontrado en el texto de esta nueva constitución. Una constitución nacida y escrita de la lucha y la esperanza tuya y de tu pueblo. Una Constitución para ti, Eric, y para todos, todas y todes quienes te acompañaron y acompañarán. Gracias y hasta siempre, compañero.

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