Por Enrique Marín

Parecía una buena película, de esas que uno recomienda. Ahí estaba el mejor del mundo contra el director de cine. Patió fuerte donde siempre, la pierna no estaba bien, faltaba magia, sobraba miedo. El día anterior el antagonista había lustrado su botín 3 veces frente a España dando el empate a los suyos. En el último minuto clavó un tiro libre que fue directo a los sueños del 10 trasandino, el mismo número de su dorsal que ambos llevan corriendo los 100 metros hacia la historia.

El luso pegó fuerte al Argentino, no había dejado de soñar con él, y dolió, dolió tanto como aquella caída de Juan Gabriel, es que cuando el guión ya esta escrito, nada que hacer, los gigantes deben caer. El padre nuestro de los mundiales es “quien gana la confederaciones no gana el mundial” y como para todo Goliat debe haber un David, ahí estaban de verde, llenos de emoción, con el vientecito del milagro.

Pero tranquilo Sampaoli, tus equipos tardan en cuajar, como el rico queque que hacía mi tata, como O’Higgins, como en la U, donde los hinchas del exitismo pedían tu salida por los malos resultados desde el principio, pero con la raya para la suma, a todas luces, era despido injustificado. Claro, yo lo digo con el tiempo a cuestas y usted, como todo rehén, tiempo no tiene, porque hoy sus capturadores, los de la mascara de Dalí, son sus propios dichos: “Esta es la argentina de Messi”, y el padre nuestro es muy sabio, no hay espacio para la duda: “Nunca trabajes con tus amigos y Alemania no gana en Rusia por los siglos de los siglos. Amén».

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