Por Franco Beghelli*

Estamos ante una crisis civilizatoria. El capitalismo en su fase neoliberal, mediante lo que el geógrafo David Harvey denomina “Acumulación por Desposesión”, ha cercado los recursos comunes, deteriorando los derechos sociales alcanzados durante el siglo XX.

Esta contrarrevolución neoliberal con “un largo ciclo de privatizaciones y desregulaciones, acompañadas de políticas monetarias y fiscales restrictivas” que “ha mermado el rol del Estado”(1) ha dejado el camino abierto para nuevos cercamientos de Bienes Comunes, ya sean de carácter universal, como el agua (ejemplo de esto es el conflicto por el agua que tienen varias comunidades), o de carácter social, como la cultura o los cuidados (ejemplo de esto es el sistema privado de pensiones que condena a las y los adultos mayores a vivir en la miseria), agudizando la contradicción Capital/Vida.

Es por esto que vemos en el cooperativismo un potencial transformador y una alternativa viable a la economía capitalista. El movimiento cooperativista con su tradición, historia y experiencia tiene la capacidad de construir una práctica económica centrada en la prioridad de Lo Común. En pleno siglo XXI, frente a la acumulación por desposesión neoliberal es imperativo (re)construir el sentido de Lo Común, teniendo como centralidad la defensa y la reinvención de prácticas, medios y modos que permitan garantizar la (re)producción de la vida.

Lo Común, el Procomún o los modelos de gobernanza y gestión de los bienes, conocimientos y riquezas comunes a todas y todos, “ha ido ganando en popularidad dentro de la izquierda radical, tanto en Estados Unidos como internacionalmente, emergiendo como punto de encuentro y campo de acción común entre anarquistas, marxistas/socialistas, ecologistas y ecofeministas”(2) como una nueva forma de enfrentarse al capitalismo neoliberal y sus políticas de precarización de la vida, incluso como una alternativa para su superación. También surge como una crítica y alternativa ante los socialismos reales del siglo XX y su Estadocentrismo. El concepto de “Lo Común” no es nuevo, pero en las últimas décadas se ha resignificado como una estrategia para fisurar y tensionar la dicotomía entre lo privado y lo público. Lo Común surge desde otro paradigma, construido desde la libertad como individuo inmerso y responsable del colectivo.

Podemos entender las cooperativas como instituciones de gestión de Lo Común o del Procomún, ya que varios principios del cooperativismo (como el control democrático, la participación económica de los asociados, la autonomía y la preocupación por la comunidad) tienen un correlato en los criterios fundamentales de Lo Común propuestos en La Carta de Los Comunes: 1. Universalidad. 2. Sostenibilidad. 3. Democracia. 4. Inalienabilidad (3).

Así mismo son los denominados “Padres del Cooperativismo” los que sostuvieron en su tiempo con su propuesta teórico-práctica que la función principal de las cooperativas es la de asegurar la sostenibilidad de la vida, prefigurando relaciones sociales autónomas en tanto sean una praxis emancipadora del individuo y su colectividad en su conjunto.(4).

El propio Marx esboza al cooperativismo y su potencial emancipador como una acción prefigurativa: “Es imposible exagerar la importancia de estos grandes experimentos que han mostrado con hechos, no con simples argumentos, que la producción a gran escala y al nivel de las exigencias de la ciencia moderna, puede prescindir de la clase de los patronos, que utiliza el trabajo de la clase de las “manos”; han mostrado también que no es necesario a la producción que los instrumentos de trabajo estén monopolizados como instrumentos de dominación y de explotación contra el trabajador mismo; y han mostrado, por fin, que lo mismo que el trabajo esclavo, lo mismo que el trabajo siervo, el trabajo asalariado no es sino una forma transitoria inferior, destinada a desaparecer ante el trabajo asociado que cumple su tarea con gusto, entusiasmo y alegría” (4).

Si nuestra pretensión es generar un proyecto emancipador desde los gobiernos locales, es desde esta plataforma institucional que aparece como crucial fomentar modelos de asociatividad, como las cooperativas, que constituyan una base material y social para que retomemos el control de la (re)producción de la vida. O como lo expresamos en nuestra tesis: “La economía feminista centrada en el cooperativismo puede ser impulsada desde la vía estatal y por fuera de ella. Pensamos así un Estado que provea las condiciones necesarias para la organización autónoma del pueblo, incluyendo aquí las condiciones materiales para la subsistencia, tales como la soberanía alimentaria, de modo tal de ir desconcentrando el poder y cediéndolo a la organización popular, fortaleciendo así el sentido de lo comunitario por sobre lo estatal. Aspiramos entonces a un estado que organice su propia disolución, mediante el aseguramiento de la vida y la distribución del control de la producción y la reproducción hasta en el último rincón” (6).

1 Álvaro Ramis, Bienes Comunes y Democracia: Crítica del individualismo posesivo, pag. 323, Santiago, LOM Ediciones, 2017.

2 Silvia Federici, Revolución en punto cero: Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas, pag. 244, Madrid, Traficantes de Sueños, 2013.

3 Madrilonia.org, La Carta de los Comunes: para el cuidado y disfrute de lo que todo es, pag. 20, Madrid, Traficantes de Sueños, 2011.

4 Álvaro Ramis, Bienes Comunes y Democracia: Crítica del individualismo posesivo, Santiago, LOM Ediciones, 2017.

5 Karl Marx, Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores, en Marxist Internet Archive http://www.marxist.org/espanol/m-e/1850s/criteconpol.html

6 Poder Popular y Democracia Feminista desde los Territorios, disponible en www.congresoconvergencia.cl

*Franco Beghelli es Gerente de la Cooperativa Metropolitana de Arte Escénico Red Compartir y Secretario General Nacional de SIDARTE, Sindicato de Actores, Actrices, Trabajadores y Trabajadoras de las Artes Teatrales. Además es director desde el año 2011 del Colectivo La Calaca y militante de Convergencia Social.

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