En la oficina hay una librería que veo todos los días. Antes de ayer me detuve a mirar cada libro, sus colores, grosores y títulos. Ahí, en una esquina en la parte superior izquierda del estante que da al sur, vi un pequeño librillo de unas 60 páginas, que casi cupo en una de mis manos. Azul, modesto, con un sencillo titulo “El rico y el pobre”. Lo agregué a mi biblioteca personal y lo leí.

Allí encontré tesoros y comparto uno de ellos con ustedes:

“Alguien podrá decir que el trabajador ha tocado su parte en la producción de esta riqueza, considerando tal el salario. Y lo niego terminantemente. El salario no es participación de la riqueza producida; es apenas el salario un medio para conservar algún tiempo la vida del productor y por lo tanto la fuerza productiva. El dinero invertido en conservar la fuerza productiva, es lo mismo que si fuera empleado en materiales; luego no puede llamarse el salario partición de la producción. El salario es para el obrero lo que es el aceite para las máquinas. El salario es el aceite de la máquina humana y nada más.

En el progreso moral es donde tiene su mejor parte el proletariado. Ha perdido la dignidad y la vergüenza. […] Cuando en la taberna […] consume su salario arrastrando por la ola de la corrupción; cuando ostenta sus vicios en el seno de sus hijos y los empuja a la corrupción, etcétera.”

(Luis Emilio Recabarren, «El rico y el pobre»)

Hoy es el día del trabajador, un día de reflexión por los miles que murieron buscando que nuestros derechos mínimos sean reconocidos.

Me es imposible borrar de mi mente cuando fui al teatro municipal de Antofagasta a mis 13 años de edad a ver La Cantata de Santa María y el Ballet Folclórico de la Universidad de Chile. No puedo olvidar el crudo relato:

Si contemplan la pampa

y sus rincones,

verán las sequedades del silencio,

el suelo sin milagro y oficinas

vacías, como el último desierto.

Y si observan la pampa

y la imaginan

en tiempos de la industria del salitre,

verán a la mujer

y al fogón mustio,

al obrero sin cara, al niño triste.

También verán

la choza mortecina,

la vela que alumbraba su carencia,

algunas calaminas por paredes

y por lecho, los sacos y la tierra.

También verán

castigos humillantes,

un cepo en que fijaban al obrero

por días y por días bajo el sol,

no importa si al final

se iba muriendo.

La culpa del obrero, muchas veces,

era el dolor altivo que mostraba;

rebelión impotente ¡una insolencia!

Ya que ley de patrón rico es ley sagrada.

También verán

el pago que les daban,

dinero no veían,

sólo fichas:

una por cada día trabajado

y aquella era cambiada

por comida.

Lo ocurrido en 1907 es réplica de lo sucedido en la masacre de la plaza Colón en Antofagasta en 1906, donde los trabajadores del ferrocarril solicitaban la extensión horaria del tiempo de almuerzo, lo que configuró los hechos ocurridos en uno de los principales espacios públicos de nuestra ciudad. El dolor de lo vivido por aquellos trabajadores y sus familias quedó grabado en mí gracias a una obra de teatro de tipo gabinete de la compañía “Eterno Teatro”, donde Gabriela Odgers fue la actriz principal, dirigida por Marcelo Dubó; mostrando cómo una esposa esperaba nerviosa a su compañero de vida a que volviera de la huelga mientras oía la radio. Allí se entera que fue acribillado junto a sus iguales. No puedo eliminar de mi mente el desgarrador llanto de Gabriela, como si me permitiera estar ahí, sintiendo su dolor, su soledad, su angustia, su pérdida y el destierro de sus hijos.

Miles murieron acusados falsamente por el miedo que otros tenían a que el obrero pudiese tener un tiempo para comer, horas para dormir y horas para estar en familia.

Que el miedo por exigir los derechos y libertades que otros conquistaron no nos amaine, que no nos consuma. No dejemos que nos hagan sentir que abusamos por pedir lo que es nuestro, conquistado con el sudor de obreros que cayeron, algunos en el desierto, otros en escuelas, otros encerrados y quemados vivos, otros perseguidos y exiliados.

Que lo ganado no se opaque con nuestros individualismos, que no antepongamos nuestro propio bienestar, que no se opaque perdiéndonos en fiestas, antros, borracheras, drogas y cualesquiera que provoque la pérdida de nuestra moral y el sentido real de lo logrado.

Que el efecto de este día sea nuestra organización, el ayudarnos entre todos, que podamos salir adelante en estos tiempos de crisis, con bondad, solidaridad y recordando todo el costo de lo que hoy gozamos.

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