Axel Villar Ossandón, abogado
Postítulo en Derecho Laboral (Universidad Alberto Hurtado)

Para leer esta columna, te invito a que por un momento te desprendas de las convicciones políticas que tengas -jamás de tus principios-, sea cual sea tu posición.

Lo que conocemos hoy como “ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa” se remonta a la lucha sindical de un grupo de trabajadores de Chicago, Estado Unidos, en el año 1886, en los albores de la revolución industrial en aquel país del norte.

En aquella época, con el cambio en la modalidad de producción, llegaban a Chicago miles de obreros ganaderos desocupados en búsqueda de oportunidades. Tan solo imaginen la realidad que tuvieron que vivir, tal vez tan real y dura como la de nuestros pampinos, hacinamiento, falta de higiene, pobreza, aprovechamiento y la oportunidad para un abusivo empleador de dar riendas sueltas a una máxima del empresariado: “cuando la oferta excede la demanda, disminuye el precio”. Miles de trabajadores para unos pocos puestos de trabajo buscando una oportunidad para salir adelante con bajos sueldos y 12 horas de trabajo diario.

En mayo de 1886, en las condiciones descritas, 200.000 trabajadores empezaron una huelga que duró 3 días, 1, 2 y 3 de mayo. En ese momento, la única fábrica que seguía funcionando era la de maquinaria agrícola McCormick, a pesar de que sus trabajadores llevaban meses de huelga. ¿Cómo lo lograba el empleador? Con trabajadores rompehuelgas.

Durante el último día de la huelga, uno de los líderes sindicales hizo sonar la sirena para que aquellos rompehuelgas salieran de la fábrica, lo que trajo una pelea fuera de esta y un dramático fusilamientos de los trabajadores por parte de policías. 6 murieron, cientos fueron heridos.

Adolph Fischer, redactor del periódico Arbeiter Zeitung escribió:

Trabajadores: la guerra de clases ha comenzado. Ayer, frente a la fábrica McCormick, se fusiló a los obreros. ¡Su sangre pide venganza!

¿Quién podrá dudar ya que los chacales que nos gobiernan están ávidos de sangre trabajadora? Pero los trabajadores no son un rebaño de carneros. ¡Al terror blanco respondamos con el terror rojo! Es preferible la muerte que la miseria.

Si se fusila a los trabajadores, respondamos de tal manera que los amos lo recuerden por mucho tiempo.

Es la necesidad lo que nos hace gritar: ¡A las armas!

Ayer, las mujeres y los hijos de los pobres lloraban a sus maridos y a sus padres fusilados, en tanto que en los palacios de los ricos se llenaban vasos de vino costoso y se bebía a la salud de los bandidos del orden…

¡Secad vuestras lágrimas, los que sufrís!

¡Tened coraje, esclavos! ¡Levantaos!

Las consecuencias fueron 2: Lograron la aplicación práctica de la ley de las 8 horas y el inicio de un juicio contra los mayores lideres sindicales.

Casi un mes después se dio inició a la causa contra 31 de los sindicalistas, siendo luego reducido el número a solo 8. La magistratura no logró mantener la imparcialidad, lo que llevó a que el juicio fuera toda una farsa y que no se respetara norma procesal alguna. La prensa pedía que fueran declarados culpables y que los extranjeros fueran ahorcados. Nada se probó en su contra, más los 8 fueron declarados culpables. ¿El motivo? Ser enemigos de la sociedad y el orden establecido. El resultado fue que 3 de ellos fueron condenados a prisión y 5 a la horca.

El precio que se pagó para que hoy la mayoría de los trabajadores en Chile pueda descansar es la sangre de obreros pobres y convencidos de que el actuar en pro del bien común es mejor que el beneficio personal. El precio fue la muerte y el miedo sembrado en cientos y miles de trabajadores, quienes se sobrepusieron a este sentimiento y decidieron seguir luchando.

Quizás mañana o pasado
o bien, en un tiempo más,
la historia que han escuchado
de nuevo sucederá.

Es Chile un país tan largo,
mil cosas pueden pasar
si es que no nos preparamos
resueltos para luchar.

Tenemos razones puras,
tenemos por qué pelear.
Tenemos las manos duras,
tenemos con qué ganar.

Unámonos como hermanos
que nadie nos vencerá.
Si quieren esclavizarnos,
jamás lo podrán lograr.

La tierra será de todos
también será nuestro el mar.
Justicia habrá para todos
y habrá también libertad.

Luchemos por los derechos
que todos deben tener.
Luchemos por lo que es nuestro,
de nadie más ha de ser.

La Cantata de Santa María nos recuerda que lo vivido por los trabajadores de Chicago, en el norte de Chile también se vivió 21 años después.

Ahora que esta columna ya terminó, vuelve a tu posición política, pero no olvides que no importa de qué lado seas: Es necesaria una justicia social, lo que requiere que seamos seres justos, dignos, moralmente correctos y éticos en nuestro actuar en público y en privado.

Sigue disfrutando lo que queda de tu día libre, pero ahora agrégale algo de agradecimiento al sacrificio de millones.

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