Por Francisco Javier Villegas
Profesor de castellano

¿Qué diría nuestra poetisa Gabriela Mistral al saber que niños, jóvenes, adultos y personas mayores están protestando por las calles de este largo y telúrico país? ¿Cuál sería la respiración de su pensamiento para estos, casi, sesenta días de marchas, caceroleos, performances artísticas, movilizaciones y luchas, en general…?

A decir verdad, Gabriela, la mujer ciudadana y profesora, si estuviera por acá, en esta ciudad de Antofagasta donde enseñó literatura y las primeras letras a niños y jóvenes, diría, muy contemporáneamente, que oigamos hablar… ”y paren. El hacha y la cuchilla. El pico con que muelen. La rueda con que afilan. Sepan lo que no tengo. Lo que yo me tenía”.

Lo que se me ocurre pensar, entonces, es que ella, esperanzadoramente, diría que “necesitamos pureza y verdad ante las cosas que ocurren en nuestro país para acceder a un mundo mejor…”. Aunque, por supuesto, tendría que decir también que, a través de su particular lenguaje, había muchas cosas advertidas, por ella, como descubrimiento. Lo que se traduce, ahora, por ejemplo, que los políticos de todas las corrientes y las autoridades, debieran volcarse a un ejercicio, que no hacen, de leer su intrincada mirada de la realidad. Aunque sabemos que falta, por cierto, la fuerza del vocabulario para tener una voluntad y una espiritualidad para hacer bien las cosas para la población del país.

Así, también, de esa lectura, verían, aunque no lo sabemos, una demostración satisfactoria para sus almas. Sin hostilidad. Es decir, verían el problema que tenemos como sociedad. En otras palabras, verían que hay un grupo pequeño, que ostenta el poder, que es sordo ante la percepción colectiva, la de grandes grupos de personas, de toda una comunidad de seres humanos que viven el día a día con poco, con escasas opciones de desarrollo o bien de que la cosa es dura y difícil en el trabajo, en el quehacer diario. La realidad de las experiencias, más allá de toda poesía, es que la percepción de la historia indicará que un 18 de octubre se abrió a otra percepción de las cosas: que nuestro interior ya no aguantó más y que esa luz o punto de partida originó, en plena calle, el regreso a ser persona.

¿Qué más nos diría entonces, desde el otro lado del espejo, la Gabriela mujer, ciudadana y poetisa…? Es capaz que hubiese ido, también, a pintarse las manos de rojo y colocarlas en las escalinatas y paredes de la Plaza de la Revolución, en Antofagasta, junto a los niños y jóvenes que hace días atrás hicieron un homenaje a todos los caídos.

Seguramente, estaría apoyando de manera atenta a esas miles de mujeres, de todas las edades, cuando cantan y bailan la canción protesta de Daffne, Paula, Sibila y Lea, confirmando que esos versos, hoy viralizados, son perfectos, sentenciosos y estremecedores. Y, agregaría, ya con toda su inspiración poética y política, “así no me quisieron antes y ando por eso desatentida”, pero no olviden nunca a los abusados, a los postergados, en todo tipo de situaciones; no olviden, tampoco, a los muertos que han caído, porque ellos jamás olvidan y son nuestra sombra viva, como dijo el poeta Molina, hace muchos años.

Porque será así, en esta “casa país” para todo lo que viene y debe sobrevenir en este cielo de sociedad nueva que queremos. Un sueño que anheló, también, la incomprendida Gabriela para este suelo que es un racimo profundo de rostros y verdades.

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