Por Francisco Javier Villegas
Profesor de Castellano

“El país nos duele, mientras el pueblo reclama lo suyo”, escribe un poeta de Antofagasta. Un escritor anónimo que no dejará más huellas que lo que ha indicado con letras blancas en el mural de una de las calles del sector norte. Palabras que, de seguro, serán borradas como ha sucedido en diferentes puntos de la ciudad. Palabras que son de “última línea” en su contenido y en su urgencia.

En contraste, con lo anterior, y si esa imagen final del mural no nos dice nada, entonces, estaremos siendo ciegos y sordos, además, respecto de lo que sucede en este Chile desde hace más de tres meses. Ciegos por no ver la intensidad de la realidad social y humana de nuestro país; sordos, por no escuchar el clamor de la población que se cansó de ser un extraño en su propia casa-país o ser un marciano o un extraterrestre vestido de humano aquí en la tierra.

Estas ideas son claves para observar con inquietud lo que hemos escuchado o leído, en los últimos días, en un sinnúmero de comentarios y opiniones que dan cuenta de lo que piensan y dicen, respecto de nosotros, una serie de políticos, empresarios, académicos, religiosos, personeros en general, como se les suele denominar.

Una de estas personas, que lleva profitando de la política congresal desde hace muchos años, indica, muy ufano, que “hoy las condiciones son objetivamente adversas…” Evidentemente, que ese individuo ve tambalear sus privilegios y no le conviene cambiar de estatus ni tampoco que la estructura social se mueva. Perdería todo lo que ha ganado y ya no podría, tampoco, seguir beneficiándose del dinero, vía impuestos, de todas y todos los chilenos.

Otro, muy suelto de cuerpo, habla de que en Antofagasta “se observa una ciudad pujante, con un per cápita elevado…”. A las claras, esa persona, que fue autoridad regional y que funge de experto en temas sociales, según medios de prensa, vive y piensa una realidad en que el mérito es el dinero, el sueldo o el origen social de procedencia. Para él lo que vale es la “billulla, la guita o el morlaco”.

Y un tercero, que es académico, aunque no se conoce la real capacidad de su valía, indica que “ha estudiado estos fenómenos y que lo que falta es poner orden en la sociedad”. Es evidente que esta persona representa el sesgo academicista, tan común en nuestras taciturnas universidades (dicho sea de paso, ninguna de las nuestras es siquiera número trescientos a nivel mundial), puesto que antepone la credencial de profesor e intelectual individualista al servicio de su megalomanía o de su ego. No es otra cosa, por extensión, que una expresión verbal a la defensiva para simplemente aparecer insensible ante las personas.

¿Cómo podríamos pretender un cambio, entonces, con individuos que piensan de esa manera? Con tres ejemplos basta y sobra. No sirve dar más espacio a esas maltratadoras y distantes palabras. Hagamos una discusión seria y no disfracemos la realidad con eufemismos. La población, en general, se informa más y de manera instantánea. La gente y los jóvenes, en particular, leen más y en redes de amplia cobertura. La población no es ingenua y no se está tragando todo lo que se cuenta y todo lo que se dice, desde los medios oficiales o convencionales.

Hoy, de hecho, y considero bien, se está escribiendo más y se ha duplicado, por lo mismo, el número de escritores emergentes. Escritores del estallido social, diríamos, también. Y ha aumentado el número de personas que divulgan sus ideas porque en Chile están pasando cosas y muchas de ellas tienen el dolor y el tinte de lo que significa llevar una vida cotidiana nada de fácil. Este actuar y este caminar nuevos, acerca de la divulgación de ideas, en el contexto del estallido social y ciudadano, habría sido impensable, hace algunos años atrás. Y haberlo hecho, por ejemplo, a través de medios como el WhatsApp, Instagram o Twitter, más inimaginable, todavía.

En otro tiempo, nadie se hubiese podido informar de la instantaneidad de los acontecimientos, aunque eran asuntos que siempre estuvieron ahí, diciéndonos la verdad en la cara; y, tampoco, se hubieran podido traducir como una herramienta política neurálgica y esperanzadora, a la vez.

En lo que opinan, sin empacho, aquellos que tienen la propiedad absoluta de Chile agregan, inclusive, la desfachatez de intentar hasta el despojo del pensamiento de los ciudadanos. El lema o la consigna de ellos es “nosotros tenemos los naipes, nosotros jugamos y nosotros nos llevamos las ganancias; ustedes, con suerte, pueden mirar el juego. Nada más”.

Sin embargo, ahora, que nos hemos dado cuenta que han estado comiéndose todo, amparados en su “cultura de estructura cerrada y elitista”, la gente y la ciudadanía, en su conjunto, se ha atrevido a denunciar, a tomar sus decisiones y a participar en la acción. Nadie cree en los avances ni tampoco en pseudas reformas o mejorías.

Ahora es el comienzo de la recuperabilidad de una capacidad innata: poder generar presión social entre todas y todos, porque son las personas quienes han puesto en evidencia los dolores, los abusos, las desigualdades y el despojo. “El país nos duele… mientras el pueblo reclama lo suyo…”

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