Si queremos entender lo que nos pasa como sociedad, el amor y la solidaridad no debiera resistir ninguna discusión. Claramente, sin leyenda y sin publicidad. Por esa razón, indigna la velocidad de los desaciertos ante una situación que hoy, en el país, es urgente porque es de vida o muerte. Es inmoral, evidentemente, la terrible y desvergonzada ceguera de nuestros gobernantes, del Ejecutivo, que valoran más un centro comercial que a una persona o el cumplimiento, al más pleno estilo dictatorial, para ordenar labores, tareas o trabajos, en los últimos quince días, en distintas empresas, oficinas, escuelas, liceos o universidades mientras la realidad de tragedia que vivimos no debiera haberlos dejado para nada indiferentes porque vivir en la normalidad, en verdad, ahora, es inútil.

Entonces, las fallas suman y siguen, que es lo peor. Por esa razón, la absurdez y la falta de empatía de las autoridades, es despreciable, porque destroza la materia gris y a la misma humanidad, ya que se teme más al empresariado, a las clínicas privadas, a los malls, a las líneas aéreas, a la Bolsa, a los indicadores… que al COVID-19.

¿Qué es eso de especular en el mercado cuando hay gente que ingresa cada día en las cifras de contagiados y donde cada 12 horas va en aumento?* ¿Qué ambigüedades más extrañas, y con cero sentido de realidad, para tomar decisiones en vez de admitir que las ciudades deben irse a cuarentena y, aún más radical, asumir el confinamiento total de todos nosotros? ¿Por qué los estilos autoritarios, en estas circunstancias, han vuelto a estar presentes, de manera exponencial, en las jefaturas, ministerios, comités y oficinas cuando debíamos haber sido dúctiles, flexibles o simplemente haber asumido la expresión “todas y todos estamos dispuestos a hacer sorprendentes sacrificios para alcanzar el cuidado de la salud de nuestra población…”?

Recordemos, entonces, un poco de historia. Solo un poco. Porque, también, indigna acordarse de lo sucedido en otras épocas. En la Edad Media, más precisamente en los años 1346 y 1347, el territorio europeo fue azolado con una epidemia llamada Peste Negra, lo que generó que esta se llevara a casi la mitad de la población total de dicho continente.

Su origen, por cierto, de acuerdo a la documentación y los hallazgos científicos posteriores, fue una simple picazón de pulga. Pero, no cualquier pulga. La causante era una pulga de las ratas. La pulga picaba al ser humano, el bacilo contaminante se introducía en el cuerpo y la persona sufría dolores de cabeza, escalofríos y caía en una debilidad completa y laxa hasta llegar al nódulo linfático. Era “negra” porque la zona de la picazón, o de la infección, manifestaba una marca de ese color en la piel.

La población, entonces, cayó en una sicosis y en el horror de la muerte. Porque todo lo humano parecía que se iba en ese torrente de depósitos de cuerpos inertes y la personas se entregaban a su suerte, cada día, por tantas afecciones que veían en sus parientes junto al sinnúmero de dolores y sufrimientos. No bastaba tampoco salir de un castillo, fortificación o ciudad. Arrancarse no era la solución. El bacilo iba con ellos, ya sea en el cuerpo, en los ropajes o en las cosas. Eso significó, entonces, que la propagación fuera realizada por las mismas personas, aunque sin saberlo o sin tener conciencia de ello. Y, también, como hoy, las autoridades de aquella época no estuvieron dispuestas a hacer drásticos sacrificios y tampoco pensaron en la población más vulnerable, en la humanidad que hace las cosas y que mueve al sistema, por cierto.

Ya sabemos que eran tiempos en que la tecnología era muy rudimentaria, si pudiéramos denominarla así, y que la ciencia de la medicina no estaba robustecida, puesto que nunca se dio bien con la causa. De hecho, muchos galenos se infectaron, estando sanos, por atender enfermos. Desde entonces, la palabra “cuarentena”, que no es otra cosa que un aislamiento de cuarenta días, toma fuerza cuando hay enfermedades complejas o
expansivas en las personas, ya sea por algún virus u otras afecciones, tanto a nivel territorial nacional o a nivel mundial.

Muchos años después, como un ejemplo específico y de tantos que existen en la Humanidad, un hombre de 38 años que murió por estar en contacto con una marmota originó que una ciudad china cerrara sus fronteras, de manera absoluta. La causante: una marmota. De esa forma, se dejó incomunicada a la población, por más de cuarenta días, incluso, solo por el hecho de que había que buscar un mejor tratamiento para la persona, vacunar a la población y tratar aquella enfermedad curiosa y extraña, cuya afección estaba relacionada con la higiene y las formas, en algunos casos, infrahumanas en que viven muchos seres humanos.

Sin embargo, en pleno Siglo XXI, en que las comunicaciones son casi instantáneas, y en que la poderosa tecnología cibernética y contemporánea inunda todo el quehacer humano, aquellas herramientas o avances no nos brindan mejores condiciones para un mundo feliz. No nos otorgan, tampoco, mejores razones para profundizar en el bello acto de querer lo mejor para las sociedades, independiente del territorio continental donde se encuentren. No nos ofrece seguridad, menos aún, ahora que nos absorbe una enfermedad tan particular como extraña en su origen. Puesto que, al igual que en la Edad Media, nadie sabe o nadie dice cuál es el verdadero origen de esta enfermedad. Tampoco se habla de su propagación tan rápida y, tampoco, se hace frente al problema como una nueva prioridad y exigencia de nuestra sociedad actual.

Lo concreto es que la experiencia de ser personas, seres humanos, como tales, hoy es una revolución que debiéramos aprovechar. El argumento es porque en esa “experiencia humana” se combinan cosas ancestrales, asuntos del medioevo, del barroco, de la revolución industrial y deseos de la actualidad contemporánea.

Esto es lo que no ven las autoridades, y lo digo de modo extensivo. Ningún cuerpo colegiado de dirección o de ministerios, o en otros estamentos, suma puntos para determinar decisiones sensatas, con calidad y siempre mirando a la población. Constantemente, en verdad, tratando de manera valiosa a la persona ¿Por qué no? Porque no hay capacidad de empatía, porque las velocidades de las necesidades superaron las capacidades de nuestros jefes o autoridades y, también, porque la habilidad de examinar el entorno se perdió en los avatares del consumo y de las megalomanías de los que detentan grados de poder o de poder absoluto.

¿Cómo se explica entonces que, en diversos lugares de Antofagasta, las decisiones respecto del resguardo y cuidado de la población se hayan demorado tanto y se sigan demorando? ¿Por qué, por ejemplo, mucha gente mayor, siendo parte del grupo de riesgo, y otros que viajaron a países y zonas con brote del COVID-19 no dijeran nada, o de manera muy tardía, y tampoco cooperaran con lo indicado por los servicios de salud, desde hace catorce días? ¿Por qué en el pueblo de Caleta Tortel, en el Sur de Chile, nadie se responsabiliza de lo ocurrido y hoy aparece como el único poblado aislado con una serie de personas contagiadas dentro de su zona, con muchos turistas a la deriva sin saber qué hacer y a la espera de que alguien se digne a brindar una ayuda valiosa y completa? ¿Qué me dicen, también ustedes, de las zonas de Chillán, Itata o Coelemu donde ha aumentado el número de casos de manera descontrolada en las últimas horas?

La sociedad necesita ideas nuevas, dúctiles y constructivas. En efecto, no estamos en la Edad Media, porque hemos avanzado. Pero, si vivimos en un mundo, y en una sociedad, que cambia rápida y constante, entonces, lo que necesitamos son personas que no anclen su pasado en actos omnipotentes. El poder mágico de la cuerda floja que es el vivir plantea la posibilidad de hacer mejor las cosas y de mirar, sin agobio, a la población en su
conjunto. De ahí, entonces, que cobra plena validez y vigencia, ese dicho simple y popular de que “la salud es lo primero, pues…”.

No todo pueden ser indicadores, crecimiento económico, avance tecnológico o manipulación de células para introducir cambios genéticos. No podemos, tampoco, soportar a gente que solo se centra en el poder y se conectan con sus megalomanías exageradas que nublan el proceso del aprendizaje de vivir en óptima y adecuada salud**.

Con más opciones a disposición y con más lectura de lo que nos ha ocurrido en diversas épocas de la historia, podemos perseguir más sueños. Y, también, darnos cuenta, incluso, de lo que entendemos por humanidad. O bien, no hemos aprendido nada ni de nuestros instintos ni de la poesía de nuestras interrogantes. El extravío está en nosotros. La historia no se debe repetir.

*Al momento de escribir esta columna había aumentado a 238 casos en el país.

**El autor de esta columna tiene una enfermedad que no está en el AUGE ni tiene códigos ni nada.

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