La posibilidad de un royalty a la gran minería mantiene en los inversionistas un efecto de picar cebolla. El llanto, el drama, el sentimentalismo de la canción cantinera de Lucho Barrios son la constante en las últimas semanas entre los acaudalados. Basta revisar la prensa oficial, que mantiene un lazo millonario con las empresas a través de avisaje, para comprobar la preocupación del sector cuyo rostro visible es el consejo minero. A esto se suman los rumores de cierre de algunas mineras, lo que más bien parece un chiste.

El principal argumento de la gran minería es la competitividad. Chile, donde están los principales yacimientos de cobre en el mundo, no será competitivo para las inversiones internacionales. Y lo anterior generaría una fuga de capitales y cesantía. ¿Y dónde se irían estos capitales? ¿A Perú como indican algunos? Perú justamente vive en un vaivén político sin parangón. Si resulta Presidente Pedro Castillo, candidato de izquierda marxista, es concreta la posibilidad de una estatización de la industria minera de ese país; o por lo bajo, un rayado de cancha donde prime el tema medio ambiental con un royalty alto.

Un Perú con Castillo de presidente puede ser una gran oportunidad para negociar un buen royalty que beneficie a Chile. El dilema será cómo y dónde el Estado distribuirá esos recursos.

Como antecedente, según los sindicatos mineros, no más de 15% de las ganancias de las grandes mineras son divididas entre sus trabajadores, desde gerentes a operarios, en concepto de sueldos y otras regalías. Dinero que chorrea en las ciudades donde habitan los trabajadores. El otro porcentaje de las riquezas mineras es ocupado en inversiones y un 50%, por lo bajo, engrosa las cuentas de los inversionistas, la mayoría en el extranjero. Las expectativas del metal rojo a futuro van en alza. Así puede deducirse que desde hace un tiempo supere la barrera de los 4 dólares la libra.

El royalty sería un esperado trozo de la gran torta que alimente las arcas fiscales. Pero también abre la posibilidad de una retribución concreta a los territorios impactados por la extracción minera.

A las regiones mineras nos cabe la esperanza de un royalty que venga a compensar el sacrificio de habitarlas. O, quizás, un royalty que sea una oportunidad para devolver la mano a las llamadas “zonas de sacrifico”, como Tocopilla o Ventanas (comunas impactadas indirectamente por la minería a través de las termoeléctricas) por nombrar a dos.

Para una zona impactada medioambientalmente por la minería sería un total despropósito saber que esos recursos del potencial Royalty sirvan para descongestionar Santiago, con más líneas de Metro. Pero no nos adelantemos a tanto, por ahora la palabra royalty es cebolla picada para los millonarios.

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