Por Osvaldo Caneo, ex preso político cárcel de Antofagasta

Para nadie es desconocido el paso de la Caravana de la Muerte un 19 de octubre de 1973, encabezada por Arellano Stark, en la ciudad de Antofagasta, que dejó una huella de sangre que nunca se borrará.

Crímenes atroces, fusilados sin derecho a legítima defensa, simplemente los mataron por pensar diferente y así justificar el Golpe de Estado. Inventaron fugas, inventaron tener granadas, inventaron asociación ilícita y muchas otras cosas que con el tiempo sabemos todas eran falsas.

Este es un momento para reflexionar sobre ese actuar de los asesinos, asesinos que hoy incluso muchos de ellos caminan libremente o están en sus casas reposando. Con jubilaciones envidiosas para cualquier trabajador. Este no es un buen ejemplo para la sociedad chilena, no es un buen ejemplo para los miles de jóvenes que desean un futuro mejor para ellos y sus familias.

El norte se llenó de sangre, sangre de muchos compatriotas que hoy recordamos, pero hay otro éxodo masivo, los relegados a distintos puntos del país, a tierras casi desconocidas por muchos. No había trabajo, no había como salir adelante, allí estaban ellos tratando de sobrevivir y de hecho lo lograron.

Años después, producto de la solidaridad internacional, comenzó el éxodo al exilio de muchos compañeros, casi todos condenados por Consejos de Guerra, todos injustos y sin posibilidad alguna de que los abogados de la Vicaria de la Solidaridad pudiesen defender justamente. Importante es destacar que al principio fuimos «Prisioneros de Guerra», ese es el trato que los primeros meses recibimos.

Los años pasaron y muchos impedidos de regresar a Chile, muchos de ellos nunca más verían a sus familiares, su avanzada edad les impidió seguir con vida. Muchos murieron de pena, otro país, otras costumbres, otro idioma. Otra forma de tortura.

Recordar a los caídos es muy importante para todos nosotros que compartimos con ellos el día a día del gobierno del compañero Salvador Allende. Es muy importante para nosotros dar estos testimonios a las nuevas generaciones de lo que realmente ocurrió. Lo vivimos cada uno de nosotros. Es poner en primer plano algo que nunca debió pasar en una sociedad civilizada. Pensar diferente no es sentencia de muerte para ningún ser humano.

Un país que no tiene memoria, es un país propenso a repetir estos actos de violencia. Un país que no tiene memoria, es dejar impunes los crímenes cometidos. Un país que no tiene memoria, no avanza, retrocede

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