Por Diana Moreno Pastenes
Profesora/Directora

Hoy en día escuchamos constantemente que se habla de un orden social, orden que supone la búsqueda del bien común y la justicia social. Orden que lamentablemente está en el discurso, es decir, muchas palabras y nada de praxis.

Desde esta perspectiva, la actitud, es decir «la manera de estar alguien dispuesto a comportarse u obrar”, cobra una relevancia excelsa.

En este sentido, cuando las personas adoptan una actitud de servicio, de amor hacia la educación, se comienza con un cambio de paradigma educativo. Es así como frases de A. Hurtado, cobran mucho sentido: “Debo considerarme siempre un servidor de una gran obra, porque mi papel es el de servir, lo importante es hacerlo con inmenso amor…”

O de Gabriela Mistral: “Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en la sala de clase. Enseñar con la actitud, el gesto y la palabra”. O “La enseñanza de los niños es tal vez la forma más alta de buscar a Dios; pero es también la más terrible en el sentido de tremenda responsabilidad”.

Estas concepciones que nos entregan: A. Hurtado y G. Mistral, nos llevan a reflexionar y entender la inmensa profundidad, responsabilidad y compromiso que tienen sobre el prisma de laborar desde el amor, que, si se ejecutan, sin duda permitirán terminar con las grandes dolencias del siglo XIX.

La educación es la columna vertebral del ser humano y del mundo. Un maestro está llamado a servir a sus discípulos, entregarles lo mejor de sí, para que sean un real aporte para sí mismos, al entorno que les rodea y la sociedad en general.

Cuando educamos desde y con amor y todo lo que esta palabra significa, la caridad a la cual estamos acostumbrados a brindar como sociedad, se transforma en justicia social.

Cuando educamos desde el amor, todos nuestros estudiantes son iguales, no hay diferencias. Cuando educamos desde el amor, las palabras se cambian por hechos concretos.

Cuando educamos desde el amor, salvamos vidas, que estaban destinadas a fracasar por las circunstancias que les tocó vivir. Cuando educamos desde el amor, cambiamos el egoísmo por solidaridad, mentira por verdad, odio por amor, caridad por justicia, pereza por trabajo, entre otros.

Es decir, cuando educamos desde el amor, colectivizamos la educación no sólo llegando a los que formalmente tenemos que instruir, sino que impactamos su entorno. Esta colectivización se transforma en infinita, no tiene fin. Es un circulo virtuoso, que solo trae beneficios y bondades a quienes se atreven a laborar desde el amor. Y digo se atreven, porque cuando se educa desde el amor, el trabajo es más extenuante, demanda más tiempo, requiere de todos nuestros sentidos y, por sobre todo, poner al servicio del otro nuestras bondades y experticia.

Pero la retribución no tiene precio. Nos transformamos en parte del cambio, de la diferencia, del servicio social, luchadores y ejecutores constantes por implantar la tan anhelada justicia social.

Eso es educar desde el amor, el entregarse, el creer en uno mismo y en el otro, creer y estar convencidos de que podemos cambiar la realidad.

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