FOTO: LEONARDO RUBILAR CHANDIA/AGENCIAUNO

Hace unas semanas veía las noticias en los canales regionales de TV. Con alegre entusiasmo mostraban a un grupo de personas que cocinaban para sus vecinos. Mientras, en otro canal un chef local conocido por sacar adelante un Nodo Gastronómico, solidarizaba con otro grupo de vecinos cocinando para ellos durante la pandemia. En esas imágenes, la acción de cocina colectiva era una expresión de romántica solidaridad de líderes sociales y no con la simpleza de la identidad de las ollas comunes.

Es que los diferentes medios de comunicación, los personeros públicos y los de cargo de elección popular parecen ver el tema de las ollas comunes como una anécdota de pandemia y no como lo que son: la reacción colectiva de la ciudadanía frente al hambre.
De acuerdo con la definición del Diccionario de Americanismos, la olla común es “comida que se prepara con el aporte de varias personas, para indigentes o víctimas de algún desastre natural”.

Sin embargo, la acción colectiva de unir fuerzas entre los vecinos para alimentarnos en una crisis es mucho más que eso. Como señala la sicóloga y antropóloga Clarisa Hardy en su libro «Hambre + dignidad = ollas comunes», estas acciones solidarias no fueron un fenómeno propio solo de un período. En distintos momentos de la historia de Chile existieron coyunturas que suscitaron la organización de ollas comunes, como huelgas o crisis económicas. La diferencia con lo ocurrido durante la dictadura, según la autora, es que éstas no eran solo transitorias ni instrumentos de denuncia, sino que fueron «respuestas más estables y permanentes de los sectores populares para sobrevivir». (http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-542753.html).

Y en nuestra región el tema resulta una paradoja. Con un ingreso promedio mensual de $692.531 y un PIB a la altura de una ciudad europea, no nos explicamos la existencia de más de 70 de estas iniciativas solo en Antofagasta, de acuerdo al último catastro entregado por la Asamblea Comunal Antofagasta.

Si bien diferentes organismos (como la Municipalidad, el Gobierno Regional, el Observatorio de Políticas Públicas de la UCN y la Asamblea Comunal Antofagasta) no llegan a un consenso respecto del número exacto de ollas, la razón del surgimiento explosivo de las mismas está muy claro.

La desigualdad alcanza expresiones memorables en Antofagasta. La ciudad con uno de los ingresos promedio más grandes del país tiene a más del 60% de sus habitantes afiliados a FONASA y de acuerdo al último informe del INE, la tasa de desocupación fue de 12,4%, cuatro puntos porcentuales más que en el mismo trimestre móvil del año 2019.

Y no es la única estadística que lo justifica. En nuestra región se estima que 40 mil personas perdieron su trabajo en el último año y hay 12.529 trabajadores acogidos a la Ley de protección del empleo, al 26 de julio de 2020.

Un escenario que desmoronaría a cualquiera. Y sin embargo, la reacción de la población no es desmoronarse, sino buscar soluciones colectivas, porque la olla común se terminó transformando en una vía más estable y segura para satisfacer nuestras necesidades básicas de alimentación que todos los programas de Gobierno, que prometían mucho, llegaron a atender cuando ya vamos de salida de la crisis de salud.

Permítanme detenerme un poco más en el concepto de olla común. Es ella una manifestación de rebeldía política en contra de un sistema que exacerba el individualismo, la máxima expresión de cooperación, apoyo mutuo y cuidarnos entre nosotros. Además de alimentarnos, la olla nos ha permitido conocernos, recuperarnos como vecinos, organizarnos.

A diferencia de su primo, el “almuerzo solidario”, la olla es una expresión colectiva de dignidad que bajo ningún punto de vista incluye la idea de caridad, porque la caridad tiene ese dejo de desdén soterrado de ese que viene a salvar al desposeído y más necesitado. Nunca surge de la necesidad de satisfacer el ego de algún pseudo líder social o del deseo de alguien con ambiciones políticas con la necesidad de mejorar sus posibilidades en la próxima elección.

Por ese motivo, se convierten en un botín apetitoso para los politicastros de siempre que ven en ellas posibilidades eleccionarias; y para los personeros públicos, que ven el ellas la posibilidad de institucionalizar un movimiento social caracterizado precisamente por no responder a estructuras tradicionales. Éstos últimos las ven también como una forma de obtener información sobre las personas que lideran estos movimientos, sin lograr entender aún que la movilización social tiene una organización horizontal sin líderes no dirigentes.

Es más, bastó con el anuncio de apoyo en dinero en efectivo para que el catastro de ollas comunes aumentara sospechosamente. En algunos sectores se inscribieron para el aporte 3 o 4 iniciativas en un sector de 4 cuadras a la redonda, y en otros, se declararon “ollas comunes” a iniciativas personales que dieron almuerzo solo una vez, pero igual solicitan el aporte municipal. Es el resultado de intentar intervenir un acto en esencia revolucionario que cuida su autonomía por sobre todo.

Pero es también otra manifestación de la desigualdad normalizada en nuestra sociedad. En una ciudad donde existen personas que de forma permanente ven a otros vivir una realidad que no está a su alcance, no podemos pedir que no intenten obtener algo a favor cuando surge la oportunidad.

Es que las ollas comunes me recuerdan un poco a esas historias de amor romántico, esas donde alguien trata de aprovecharse de las necesidades y debilidades del otro, pero que nos venden como cuentos de hadas. Aquí, igual, hay muchos que buscan “romantizar la desigualdad”. Es solo que las verdaderas Ollas Comunes no son ni serán esa “inocentes criaturas” que caen en la trampa del príncipe azul.

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