Por Gisela Contreras Braña
Periodista

Llevamos ya casi un mes desde que Chile asumió que somos parte del mundo y nos llegó la pandemia. Y nos tienen asustados. Vemos catastróficas historias en televisión. Nos dicen que debemos mantener la distancia social, nos aterrorizan con la idea de ese virus invadiendo nuestras casas, nos sugieren no estar cerca de nadie, nos invitan a limpiarnos cada vez que volvemos, nos muestra el verdadero rostro de las personas.

Entonces, vemos acciones que son dos caras de la moneda. Por un lado, el egoísmo en su máxima expresión. Personas que acumulan primero cloro, alcohol gel y limpiadores, luego mascarillas y guantes, finalmente harina. La “elite” de nuestra sociedad que muestra su lado más vil explotando a sus trabajadores, evadiendo la cuarentena en helicóptero, contagiando a cualquiera que se les cruce sin importarles, pues ellos tienen una cama segura en caso de enfermar, restregándole al resto sus privilegios mientras al mundo le queda más que clara la inutilidad de los privilegiados para sostener su alienante economía. Pareciera ser que el verdadero daño del virus es dejarnos claro que el dueño de la compañía es en realidad un inútil.

Y en la otra vereda, la base de la pirámide: Nosotros, los que sostenemos la economía con nuestro trabajo, la mayoría de las veces mal pagado, obligados a romper la cuarentena porque de otra forma no comemos. Nosotros, los que recibimos educación en escuela de número, que hacemos de esta pandemia la oportunidad para ser más humanos.

Vi varias cajas de mercadería en la Bonilla. Allí donde se comparte no porque sobre, sino porque sabes que tu vecino quedó sin trabajo y entre todos nos apoyamos. Vi a madres ayudarse unas a otras con las tareas escolares que las atormentaban. Vi a jóvenes ofrecerse a hacer las compras de los más viejos, para no exponerlos. Vi la cooperatividad haciéndose presente en muchos pequeños detalles.

El asunto es que solemos centrarnos en la parte negativa de la vida: En los miles de contagiados, en los errores del ministro (que sí, es verdad, son tantos y tan grandes que parecen surrealistas), en el miedo, en el que evadió la cuarentena, en los que van a morir, en el egoísmo que quedó en evidencia por la pandemia. Y es real, todas y cada una de esas acciones son reales. Pero es nuestra decisión verlas solo a ellas y olvidar las otras. Porque hay muchas otras historias de compañerismo, de humanidad, de buena fe. Esas que no salen en las noticias, porque no venden.

Así que yo me quedo con lo positivo. Con la ayuda de mis vecinos y las conversaciones entre las panderetas de los patios, porque antes de esta pandemia no lo hicimos y me gusta. Con los datos de compras a mejor precio de los emprendedores locales, con la sonrisa de la señora de la panadería que nunca cierra y atiende con mascarilla y guantes. Decido ponerle corona a la cooperación y pasar esta crisis en una cooperación con corona.

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