Hace unos días un amigo estadounidense de juventud me mostró un artículo del Washington Post donde se hablaba de Evo Morales, y en un pasaje el periodista menciona a Chile, «el modelo latinoamericano del éxito del capitalismo. . .  un país que reina en la región al tener la economía más rica y estable». En mi respuesta le decía que el hecho de que sea uno de los países con mayor desigualdad socioeconómica del mundo no conmueve a ningún capitalista porque filosóficamente consideran que la competición y la desigualdad, en todo orden de cosas, es natural y que no se puede hacer nada contra esa «realidad».

Curiosa coincidencia: Al día siguiente de este intercambio con mi amigo, Chile empezó a vivir su situación dramática actual. Ya hay casi veinte muertos, miles de heridos y varias denuncias de torturas. El Presidente S. Piñera impuso el estado de emergencia, el toque de queda y declaró que el país estaba en guerra. Lo apenas implícito es que, según él, en esta guerra están involucrados, por una parte, el gobierno, los partidos políticos de derecha y de extrema derecha, la policía y el ejército, y frente a ellos, por otra parte, los manifestantes y los partidos políticos de la oposición. Durante el siglo 20 Chile ha empleado la fuerza militar más a menudo contra los chilenos que contra eventuales países enemigos: ¿será esa también otra propiedad notable que hace de Chile una nación modelo?

Los más jóvenes comparan las imágenes actuales de la represión de los manifestantes con aquellas captadas durante la dictadura militar del General Augusto Pinochet: las semejanzas saltan a la vista, y quienes ya eran adultos en esa época comparan lo vivido hoy con las trazas del pasado.

En Chile, como ocurre en los países ultraliberales, los medios de comunicación de masas más influyentes -y lo son porque tienen los recursos financieros más elevados- denuncian los actos violentos cometidos por los manifestantes, la destrucción de algunos sitios. Omiten sistemáticamente la explicación, la descripción de la causa: la extraordinaria desigualdad social y económica que caracteriza a los países ultraliberales. Esta omisión sistemática define tales medios de comunicación y, en efecto, es la razón por la cual los acontecimientos actuales aparecen a tanta gente, dentro y fuera del país, como una explosión espontánea sin aproximaciones sucesivas, sin ningún signo temprano, sin señal de alarma. Las causas de los actuales acontecimientos son profundas y vividas desde hace mucho tiempo, pero han estado silenciadas y desvirtuadas por tales medios. Se entiende: su misión principal es la propaganda ultraliberal y la mantención del statu quo.

Es de esperar que lo que está ocurriendo invite a las personas a pensar, entre tantas otras cosas de filosofía moral y política, las nociones de propiedad privada y de violencia. Se dirá tal vez que dada la situación actual se trata más bien de actuar que de pensar, pero toda acción debe ser lúcida, lo que se consigue pensando. Y el ser humano, gracias a su aparato simbólico, a la memoria y a la imaginación, es capaz de tomar distancia de los estímulos antes de reaccionar (compare esta distancia con la casi-inmediatez del comportamiento animal).

Nótese por ejemplo que, desde un punto de vista moral, no todas las clases de propiedad privada se equivalen. No es lo mismo la propiedad privada fruto del trabajo personal y aquella que está fundada sobre el trabajo de los otros. Los capitalistas construyen su propiedad privada, su riqueza, como los parásitos, aprovechando el trabajo de los otros. No hay que olvidar que la propiedad fundada sobre el trabajo de los otros, dice K. Marx, es la antítesis de la propiedad privada gracias al trabajo personal, y que sobre la tumba de esta crece aquella. La manera canónica de desarrollar la propiedad fundada sobre el trabajo de los otros es la posesión de los medios de producción, y de ahí la necesidad de socializarlos. Esta socialización no sería necesaria si no fuera porque para los capitalistas, típicamente, el aumento de la riqueza personal cuenta más que la vida humana — mire alrededor.

En la Antigüedad, Aristóteles definió el acto violento como aquel que contraría el curso natural de una entidad o de un proceso. Quien lanza una piedra al aire, desnaturaliza su curso puesto que las piedras caen. Análogamente, en los asuntos humanos, el acto violento mayor es aquel que impide al ser humano desarrollar sus capacidades en tanto que persona. Esta violencia puede estar socialmente tan bien condicionada por el poder político, que algunos, o tal vez muchos según las circunstancias, no se dan cuenta de la violencia que se ejerce sobre ellos. Para algunos esclavos su estado era normal. ¿Se explicará así que entre los candidatos a la presidencia chilena con mayor opción para las próximas elecciones estén dos políticos aún más ultraliberales y nostálgicos de la dictadura que varios de los gobernantes actuales? Los especialistas en ciencias humanas y en filosofía moral y política están aquí ante un tema de estudio enigmático.

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