El jueves me encontraba en San Pedro y una llamada de mi esposa me cuenta que mi suegra encontró a su amiga muerta, la Anita, su gran amiga, era una anciana que desde más de 17 años (los que llevo casado) nos acompañó a cuanto cumpleaños, navidades o celebraciones tuvimos, por lo que su muerte realmente la sentimos.

Esto en principio puede ser entendido como un trágico evento, sin embargo esconde una realidad demasiado dura, de la que nuestro país no se ha hecho cargo y que es el cruel abandono de nuestros viejos.

¿Dónde está la tragedia?: La Anita llevaba más de tres días muerta, tirada en su cocina, y si no es por su amiga que preocupada por su silencio de tres días la fue a visitar, aún no nos enteraríamos de su fallecimiento. Un impactante hallazgo sin duda, no obstante la tragedia no termina aún, ya que al no tener familiares, no hay quien reclame el cuerpo y le dé cristiana sepultura para cumplir con sus creencias religiosas. Es más, hoy estamos revisando los vericuetos legales para poder hacernos cargo de su entierro. Sin embargo chocamos con la burocracia, situación que no es excepcional, ya que, según cuentan, esta realidad es más común de lo que uno pudiera imaginar.

Aquí todo falló, la familia que para la Ana no existió, los sistemas de protección de la tercera edad que debieran tener monitoreo de los abuelos que están en esta condición y también el sistema legal, que impide a cercanos hacer cumplir la voluntad, en este caso de la Anita y así pese a que no pudo tener una muerte digna, a lo menos tenga un entierro que dé cuenta de que tuvo amigos que extrañamos su ausencia.

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