Por Martín Arias Loyola, PhD.
Director Observatorio Regional de Desarrollo Humano (ORDHUM)

El 8 de marzo ya no es, simplemente, otro día en el lento proceso de vuelta de vacaciones. Tampoco es el momento cuando empleadores, colegas, parejas y familiares agasajan a las mujeres de la casa o la pega con chocolates y rosas. El ocho de marzo fue todo eso, pero hoy, hoy es mucho más.

Hoy, 8 de marzo del 2019, celebramos tanto la muerte de las antiguas costumbres, y el nacimiento de una futura utopía. Sin embargo, las tradiciones tiran, y aún se puede ver todo tipo de fauna que, en otros contextos, estarían en un zoológico moral. Algunos políticos, decanos, esposos cavernarios continúan gruñendo sobre cuándo se celebrará oficialmente a los varones, o por su derecho de utilizar el día de la mujer como desesperado segundo San Valentín.

Afortunadamente, la selección natural parece estar haciendo su trabajo y, como monos con cuchillos, cada comentario o actitud machista o misógina termina con alguno de los primates muertos o gravemente heridos en su vida política o cívica. Ejemplo: la pregunta del presidente Sebastián Piñera sobre cuándo es el día del hombre fue respondida por Cecilia Morel con un rotundo “¡tuvieron siglos!”. Propongo decirle a Piñera Primer Varón (para que se quede tranquilo) y marido de Cecilia Morel, en lugar de al revés.

Volviendo a la parte civilizada y esperanzadora, hoy son miles las mujeres dejando sus pasos, voces, publicaciones y tiempo en las calles y muros físicos y virtuales del país; en la lucha por el verdadero y justo reconocimiento de su condición humana. Han transformado las conversas para fumarse un pucho, el relajo después del almuerzo, los cafés o happy hours después de la pega en espacios de sororidad y necesario pelambre (o sanción social) de los energúmenos aún sueltos mencionados en el párrafo anterior. Estas mujeres han teñido de un color violeta feminista las calles, los salones, las redes sociales, pero, aún más profundamente, las ideas, los prejuicios y los miedos. Las mujeres ahora responden a las miradas o comentarios que las desvisten y, con un par de palabras, intercambian lugares con el acosador de turno, quien al verse moralmente desnudo arranca avergonzado de vuelta hacia su manada. Las mujeres ahora denuncian aquellos reyecitos acostumbrados a explotarlas, se ríen fuerte, caminan y se visten como se les da la gana, defienden su cuerpo de iglesias y moralinas.

Pero hoy, 8 de marzo, las mujeres no sólo luchan por ellas, sino que también por [email protected] los oprimidos. Voces femeninas denuncian lo barbárico en nuestro trato a personas transexuales, a discapacitados, a jubilados, a inmigrantes, a [email protected] de campamentos y a los pueblos originarios. Es decir, las mujeres luchan por todos los olvidados por el modelo chileno heteropatriarcal, capitalista, neoliberal, que en lugar de jaguar hoy es el gato con tiña latinoamericano, o borrachín escandaloso de los países OCDE.

Bajo la bandera violeta hay lugar para todas las luchas reivindicativas, porque los siglos de injusticias las han hecho empáticas hasta la médula. ¿Cómo no defender a quienes se les estigmatiza por sus condiciones físicas, demográficas y económicas, cuando cada día una mujer es evaluada por como se ve, cómo vive, y su capacidad para hacer su trabajo sin chistar? ¿Cómo no empatizar con quienes se ven bajo un peligro continuo, cuando cada día mujeres son asesinadas por parejas y amantes? El dolor que antes las paralizaba, ahora las hace más fuertes, y desde esa fortaleza avanzan los logros sociales. En un lienzo hoy se leía “nos han quitado tanto, que también se llevaron el miedo”. Por tanto, las mujeres sin nada más que perder, sólo pueden ganar.

En un día que nombres de grandes mujeres se rescatan del olvido, quisiera proponer el recordar a quienes en este mismo instante están deconstruyendo y reconstruyendo el país bajo un símbolo blanco, azul y violeta. Este color no es antojadizo, puesto que, en las palabras de la activista Emmeline Pethick, “el violeta, color de los soberanos, simboliza la sangre real que corre por las venas de cada luchadora por el derecho al voto, simboliza su conciencia de la libertad y la dignidad». Así, hoy las mujeres recuperan su legítimo dominio sobre todo lo que consideren necesario, plantando banderas de úteros en espacios históricamente fálicos.

Gracias a todas ellas, a las que han trasnochado diseñando gritos o afiches; a quienes tienen las manos y pestañas llena de engrudo; a quienes se dejaron la voz en las marchas, entrevistas o conversas sobre la marcha; trataron de civilizar a un colega, taxista o familiar; a quienes repartieron panfletos; a quienes fueron a reuniones; a quienes escribieron columnas; compartieron publicaciones; denunciaron acosadores; apoyaron a mujeres desconocidas y alzaron la voz ante violencias de todo tipo. A todas ellas, mujeres trabajadoras violetas en espíritu revolucionario, gracias por traernos la utopía varios kilómetros más cerca. “La revolución será feminista o no será”, dice la famosa frase; y es por eso que hoy, 8 de marzo del 2019, la tan anhelada revolución finalmente es.

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