Columna: La primavera social de Chile

Por Redacción Oct 30, 2019

Francisco Javier Villegas
Profesor de Castellano
Doctor en Didáctica    

Esta columna de opinión se escribe con el aliento y la fuerza para lo que merece, de verdad, construirse como país. Se escribe con las preguntas imposibles y con el dolor testimonial de muchísimas personas que a lo largo de Chile buscan hace años respuestas humanas, solidarias e inteligentes acerca de su situación como ciudadanos. Estas palabras se escriben con las alegrías prestigiosas de niños y jóvenes, mujeres y hombres, que “tienen libros en sus cabezas, flores en el cabello y música en el alma” para visualizar lo que tenemos de valor como seres humanos y como personas. Y también se escribe con la memoria de justicia por aquellos que murieron en la frontera insaciable de solo pedir lo que era digno.

Ante la esencia misteriosa de movilizarse, reunirse y cantar, demandar y de gritar, se fue conformando en las calles del país “la primavera social de Chile”, la cual se abrió, hace ya varios días, y prendió en su propia grandeza para ser motor y alma, en esa tristeza lánguida de ciudadanos por una comunidad más comprometida e iluminada en su indignación. Las expresiones escritas que he observado, en muchas movilizaciones y marchas, algunas en ironía, otras, en juego lingüístico y más de alguna en línea poética, solo graficaban esas miradas esperanzadoras por abordar los giros y los imprevistos del país, así como los deseos irreductibles por una vida mejor: “Queremos que las cosas sean ahora”, “Chile no te duermas nunca más”, “Que tu privilegio no consuma tu empatía ni tu humanidad, sino que despierte tu ánimo de justicia” o el poético cartel, de mi hija, una adolescente escolar, que decía “Lo esencial es invisible a los ojos del Estado”.

De manera plena, para las personas que despertaron de su humillación fue como subirse hacia el estado interior de sí mismo, pero no de forma individual, sino junto a los otros y otras, entremezclando su dolor por años de postergación histórica, por el desamparo experimentado ante enfermedades que no se pueden costear, por las escuálidas pensiones que irritan hasta el desaliento; por la injusticia social que existe en el acceso a una vivienda y educación dignas o por el continuo “ninguneo”, o faltas de respeto, que existe en las diferentes organizaciones laborales.

El modelo neoliberal, que no reconoce rostros ni almas, y tampoco dignidad, no tiene nada de poético ni es metafórico en sus impulsos al institucionalizar las desigualdades. El asunto de fondo, entonces, será estar recordándonos siempre la bella memoria que tenemos como seres humanos solidarios, y no morir en nosotros mismos de manera abyecta o vacía; pero,  también, por supuesto, exigir las responsabilidades políticas y judiciales para toda la tragedia ocurrida.

En este sentido, las salidas a las calles, de forma vibrante, no son actos inorgánicos, como nos quieren decir o hacer creer, sino que son el clamor consciente, en el intrincado mundo de la realidad y del deseo social, por allegar sueños y promesas amando la existencia como un reto encanto por las cosas y la vida nuevas. Es desterrar todo abuso, toda mezquindad y toda inequidad en nuestra sociedad. En estos días en que hemos coincidido para ver, precisamente eso: movilizaciones y sueños… es justo, y con valía, entonces, recordar la pregunta de un amigo del sur, un poeta en las calles, cuando escribió, a propósito de estas circunstancias: “¿Adónde va la dignidad cuando se olvida?”.

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